Oye 2013, espérate

A ver 2013, antes de que te vayas, espera un poquito… quiero decirte un par de cosas.

Fuiste mi segundo año fuera del hogar de mis padres, y me enseñaste un poco más a vivir solo. Aunque no tanto a fin de cuentas, porque también me hiciste padre soltero de mis bebés peludos, que de bebés ya tienen bastante poco. Además de llenarme la casa de pelos, destrozar mi sillón y despertarme todos los días antes de las 7 porque tienen hambre, me dan todo su amor gatuno y su compañía. Mi vida sin ellos ya no sería la misma, y este año lo supe.

Fuiste el año de los viajes, que duda cabe. Hace poco disfruté del Madrid sudamericano que es Buenos Aires, paseé por sus callecitas, bebí un té en La 2013Biela y el Tortoni, y comí un enorme bife chorizo sin atorarme. Bonitos cuatro días. Y en mayo tuve la suerte de vivir los 15 días más felices de mi vida caminando por Madrid, San Sebastián, Málaga y otras ciudades de España. Anduve en tren, disfruté de cervezas y comidas nuevas, conocí gente bonita, viví nuevas experiencias… ‘Invertir en viajes es invertir en tu vida’ me dijo una vez una gran amiga. Este año lo aprendí.

Fuiste el año de términos. A veces dejar personas, relaciones, vivencias, cuesta mucho; es difícil separarse de las largas historias, porque cuando lo vivido es muy intenso y prolongado, los lazos son fuertes como grandes cuerdas de barco. No fui yo el que cortó el nudo gordiano esta vez, pero se hizo, y el tiempo ha dejado claro que fue la mejor decisión. Tengo muchos recuerdos bonitos y sentimientos de gratitud y, por sobre todo, tengo mucho aprendizaje asimilado en mí. En la vida uno aprende cosas que hay que hacer, y cosas que no hay que hacer. Este año lo entendí.

Fuiste el año de la consolidación laboral. Ya son muchos meses adaptándome a mi lugar de trabajo, y en este tiempo también mi trabajo ha tenido que adaptarse a mí; es un proceso largo y no exento de dificultades, pero se ha ido logrando de a poco. Ya no me iría de mi CESFAM por mi voluntad, aunque de repente me aburra o me hastíe. No sé si en otro lado podrían soportarme, la verdad… Los pacientes también se han adaptado a mí -y yo a ellos- y he palpado el dulce y agraz de felicitaciones y reclamos.  No puedo caerle bien a todo el mundo. Este año lo ratifiqué.

Sólo un minuto más, 2013.

Me dejas con un rico sabor de boca, 2013. Te vas dejándome puertas abiertas y vivencias que prometen seguir creciendo día a día en procesos, como viene siendo hasta ahora. No me queda más que darte las gracias por lo que estoy viviendo ahora, por lo que viví durante tu estadía, lo que me diste, y lo que me quitaste. Siento que todo esto se ha conjugado para que ahora te vayas de la mejor manera, dejándome con la dulce labor de ser y hacer feliz todos los días.

Gracias, 2013. Que te vaya bien.

Pastelero a tus pasteles

Dios y yo no tenemos ningún problema, la verdad. Me cae bastante bien y hablo con él a menudo; no sé como le caeré yo, pero hasta el momento nada me ha dicho. Cuando un paciente me habla de Dios -algo que en Lebu pasa todo el día, todos los días- generalmente lo celebro, y los aliento a mantener su fe, ir a la iglesia (o templo o como quieran llamarlo) y hacer crecer su espíritu de la manera que mejor les parezca. El problema (para mí al menos) empieza cuando los hombres empiezan a hacer cosas ‘en nombre de Dios’ que riñen con las libertades humanas en general, y con mi trabajo en particular.

Verbigracia (gracias, Borges) de lo primero es la pertinaz lucha de los hombres llamados a pastorear a los católicos del mundo, que cierran los ojos ante la realidad actual y niegan el derecho al amor a tantos seres humanos que sólo quieren vivir en paz. Así como lo hicieron con Galileo y otros científicos que quisieron descubrir la verdad y fueron convenientemente silenciados por la maquinaria católica, hoy la Iglesia Católica Apostólica Romana pretende hacer oídos sordos al avance cultural del mundo, mostrando como pecado algo que dejó de serlo hace muchísimo tiempo: el amor. Bueno, pero es sabido por todos -y la historia universal lo avala de forma aplastante- que la Iglesia llega tarde al progreso. Si no, lean por ahí lo que pasaba con el divorcio hace algunos años.

Dios

Dios

Verbigracia de lo segundo es lo que los pastores evangélicos le dicen a mis pacientes -y no sólo a los míos, supongo- respecto de sus enfermedades y tratamientos. Como dije más arriba, no tengo ningún problema con la fe y con los milagros que se esperan en nombre de Dios, pero me molesta mucho que se interrumpan medicaciones y se relativicen diagnósticos por la fe. Yo no me meto con el trabajo del pastor; todo lo contrario: apoyo a mis pacientes en su fe. Entonces no es justo que él les diga que Dios los va a mejorar y que deben suspender los medicamentos… porque generalmente me entero de eso cuando el paciente llega descompensado, muy enfermo, y sin entender por qué su Dios los abandonó.

‘Pastelero a tus pasteles’ dice el dicho. Una cosa es querer preservar las venerables tradiciones de una fe, y otra es querer obligar a toda una sociedad a actuar de acuerdo a preceptos que sólo sigue una parte de la población; hasta donde yo sé Chile es un país laico, no católico, y no corresponde entonces usar  tradiciones católicas en las decisiones legislativas (como lo que se pretende en el tema del Acuerdo de Vida en Común y el matrimonio sin distinción de sexo). Una cosa es tener fe y vivirla con libertad y alegría, y otra es interrumpir el trabajo de otros profesionales sólo para demostrar el poder de un Dios que no dudo exista, pero que no suele dedicarse a hacer milagros masivos a todos los hipertensos, diabéticos y asmáticos.

Sé el contexto en el que vivo actualmente. Conozco el inmenso poder de convencimiento y unión que tiene la fe evangélica en esta ciudad y en tantas otras del sur, así como ocurre con la fe católica en el norte, de donde vengo. No tengo problemas con Dios, insisto. Pero en el mundo en que vivimos actualmente, y según el ordenamiento jurídico-legislativo que nos dirige como sociedad actualmente, no me parece justo ni correcto basar las existencias de todos en una fe que no todos siguen. Ni hacer que un paciente olvide sus enfermedades por su fe, y llegue luego donde el médico a pedirle que lo mejore. Yo no hago milagros, ni tengo ganas de aprender a hacerlos.

Insisto: pastelero a tus pasteles.

Enrique, el elefante (parte uno)

Cuando Enrique, el elefante, llegó a comenzar su vida independiente y de aprendizaje a una nueva llanura africana lejos de su cuna, de sus padres y sus amigos elefantes, no se imaginaba cuan distinto puede llegar a ser un lugar que en apariencia es tan parecido a su propia casa. Allá lejos, en sus campos, Enrique, el elefante, vivía su vida feliz, comiendo algunas cosas que otros no comían, pero nadie lo molestaba. A diferencia de la mayoría de sus amigos y sus padres, Enrique, el elefante, prefería comer cactus. Allá eso no era demasiado mal visto, aunque de cuando en cuando escuchaba barritos a sus ancas criticando su dieta tan ‘liberal y peligrosa’. A veces costaba encontrar cactus y comía otras cosas, como todos, pero cuando encontraba uno lo arrancaba y lo disfrutaba con absoluta fruición. Las espinas ya ni le dolían.

En esta llanura, más meridional que la suya, los cactus eran muy escasos… y los que habían, realmente se veían en mal estado como para comerlos. Pero había otro problema, quizá más serio y difícil que la falta de cactus: la opinión de la manada donde iba a integrarse. Los elefantes de esa llanura eran tan conservadores, tan apegados a las reglas, tan fanáticamente seguidores del Gran Colmillo Antiguo, que se escandalizaban ante el más mínimo estímulo. Las elefantas no podían barritar demasiado fuerte ni comer en público ni revolcarse en el barro, y los pequeños cachorros elefantes iban muy bien arreglados y compuestos, bajo la atenta mirada de sus padres y de los Sumos Sacerdotes del Gran Colmillo Antiguo (que eran muchos). Y, en medio de todo eso, estaba Enrique, el elefante. Muy contrito, la verdad.

El Gran Colmillo Antiguo estaba en todos lados. Había tantos Sumos Sacerdotes como templos (marcados los unos con una blanca garza que casi nunca salía de sus cabezas, y marcados los otros con tres colmillos enormes puestos en fila, en el borde de un círculo). Todos los elefantes de la manada llevaban las mejores ramas y hierbas de regalo a los templos, y se juntaban dentro de esos círculos todas las tardes a barritar y soplar de sus trompas con mucho alborozo. Muchas veces Enrique, el elefante, escuchó como los Sumos Sacerdotes decían cosas horribles de los que comían cactus (entre otras ‘barbaridades’ que hacían elefantes ‘condenados’) y sentía -cada vez más- que él no estaba para nada equivocado ni condenado. Todo lo contrario, le daba algo de pena -y bastante risa a veces- lo absurdamente alienados que eran los muchos seguidores del Gran Colmillo Antiguo en esa manada, actuando todos de la misma forma, comiendo todos las mismas cosas, diciendo siempre lo mismo. Como si ser distinto fuera malo.

Así y todo, Enrique, el elefante, tuvo que resignarse a no comer cactus ni hablar de ello con ninguno de sus compañeros, por temor a que lo expulsaran de la manada. A los elefantes no les gusta estar solos, menos aún cuando no tienen mucha experiencia y la sabana africana (llena de bestias como leones y otros carnívoros) acechan esperando al despistado con los colmillos goteando saliva. A veces tenía tantas ganas de comer, que miraba con disimulada avidez alguno que se le cruzara, pero tenía que dar vuelta la cabeza rápido, para que alguno de los de la manada no se diera cuenta. Ciertos días era tan difícil aguantar y sentir esa opresión de un montón de elefantes-robot al mando del Gran Colmillo Antiguo, que deseaba irse lejos y no volver. Pero después recordaba que tenía que seguir, tenía que aguantar… nadie dijo que sería fácil, aunque ni se imaginó al decidir partir con lo que se encontraría.

No faltaba la ocasión en que Enrique, el elefante, se decía a sí mismo que tenía que demostrar a esa tropa de elefantes idiotizados que tenían que despertar, espabilar de esa modorra disfrazada de Gran Colmillo Antiguo y ver el mundo tal como es, con sus diferencias y detalles, y enriquecerse de ello en vez de escapar y descalificar. Pero sabía que sería condenado a salir de ellos sin lograr sus aprendizajes, sus objetivos. Incluso pensó una vez que estaba pagando sus errores de elefante (porque los elefantes también cometen errores) recluso en esa manada que no lo dejaba vivir tranquilo. Pero no decaía, y Enrique, el elefante, siempre buscaba algo qué hacer, algún lugar donde estar más tranquilo… aunque la imagen de un cactus grande y verde, con sus espinas, se le venía dolorosamente a su paquidérmico cerebro, y volvía a sufrir.

Esa noche decidió terminar el día bajo su árbol favorito, porque nadie más lo ocupó antes. Sacó unas ramas y se las comió, con nostalgia de un cactus, y miró a su alrededor; se veían grupos de elefantes por todas partes, reunidos dentro de círculos de colmillos, emitiendo muchos sonidos parecidos, con un elefante en medio, ataviado con una blanca y quieta garza. Sacudió las grandes orejas y rió por lo bajo, pensando que a veces no es tan malo estar fuera de la norma, lejos de los fanatismos, excluido de un grupo, cuando se dedican a pensar así y hacer ese tipo de cosas. Se sintió un elefante afortunado.

Largos días habían pasado hasta esa noche, y largos días quedaban por pasar aún, pero Enrique, el elefante, decidió que era mejor ver la laguna medio llena. Y se acurrucó a una orilla del árbol, juntó las orejas, enrolló un poco la trompa, se acomodó, y se durmió.

Imponiendo la moral

Todos los excesos son malos… díganselo a un diabético, a un hipertenso o a un anoréxico. El problema es que en este Chile que tanto queremos hay otro tipo de exceso, metido hasta la médula de mucha gente que, lamentablemente, ocupa sitios de poder e influencia. Este exceso -rayano en el fanatismo- es el que basa sus acciones, usando el vacío y retrógrado discurso de que las cosas deben hacerse ‘por moral’ y por ‘mantener las tradiciones’. Si nos metemos en asuntos de moral y cada uno quiere imponer la suya, nos volvemos todos locos, ¿no? Entonces no entiendo por qué debemos obedecer.

El exceso del que hablo es la religión, claro está. Nuestro gobernante actual y sus ministros niegan, escriben y modifican leyes siempre velando ‘por el bien de Chile’ y por ‘mantener la institución de la familia y las tradiciones cristianas de este país’. Hasta donde me enseñó mi querido profesor de historia en el colegio, en este país se decretó la separación de la Iglesia Católica y el estado hace muchísimos años (ver extracto de la Constitución de 1925 y su ratificación en la Constitución de 1980 en este link), por lo que no es jurídicamente comprensible que se intente regir a un país ‘en nombre de Dios’, siguiendo sus preceptos no como culto y religiosidad legítimos, sino que como forma de guiar a todo un país que no necesariamente cree en la fe católica o en Dios.

Moral

Moral

Yo soy católico (tengo dos ahijados preciosos, bautizados por la fe católica), pero no por eso, si fuera diputado, senador o Presidente de la República, impondría mi fe a la voluntad de todo un país. Si a la fe católica (o protestante, o budista, o anglicana o la que sea) le parece mal, por ejemplo, que un hombre y otro hombre unan sus vidas para formar una familia, eso no conlleva por ningún motivo que a -eventualmente- una mayoría de chilenos esto no le parezca mal. Pero como es reñido con la religión de los políticos, no se puede legislar sobre el tema por ser ‘inmoral’ y porque ‘denigra los valores de la familia’ (los valores de una fe, no los valores de un país).

Dicen que las leyes siempre avanzan más lento que el desarrollo de la sociedad que rigen; en el caso de la religión, este atraso es mucho mayor. Por esa sola razón, intentar llevar los destinos de una nación en nombre de una religión es una idea retrógrada y que no logrará obtener ganancia alguna dentro de este mundo globalizado en el que vivimos. Regirnos por los ‘valores morales’ de unos pocos nos hace enfrascarnos en eternas disputas de las que no se obtiene nada; así ha sido en Chile desde que distintos temas de rabiosa actualidad se han puesto en el tapete. Y así seguirá si seguimos permitiendo vivir en un ‘estado católico’ siendo que jurídicamente nuestro país está separado de la Iglesia Católica.

No tengo nada en contra de las religiones. Me molesta que se impongan ideas en la mayoría; eso es algo digno de conservadores de los que ya no se ven -ni debieran verse- en el planeta. Los destinos de cualquier país (incluso de este) deben llevarse por los caminos que el intrínseco desarrollo de la sociedad vaya encontrando; es la única forma de adecuarse mejor a los cambios, y no quedarse atrás. Si queremos ser un país desarrollado, tenemos que serlo para todo; no sólo aumentando el PIB seremos mejores, también hay que pensar sin presiones y con altura de miras.

Insisto, todo exceso es malo. Eso debemos recordar cuando votemos por nuestros gobernantes. ¿Nos gustaría que se nos impongan ideas, fe o creencias que no compartamos? Pues nosotros tampoco lo hagamos.

Las familias de Guille (parte uno)

Los dos fuimos siempre un poco locos, y la pasábamos bien carreteando, jalando a veces, tomando casi siempre, caminando sin sentido por las calles. En el fondo yo sabía que no era del todo buena nuestra conducta (y tenía una Pepe Grillo que me lo recordaba cada tanto) , pero necesitaba un poco de esa locura capitalina después de mis años tranquilos -y fomes, sí- en el sur. Total, estábamos solos, sin responsabilidades que nos ataran a un mundo más rendidor, más concreto, más lleno de latosas responsabilidades. Pero como todo en la vida cambia, nuestra vida también cambió. La mía sí, al menos. La de ella no.

Cuando nació el Guille, fui el hombre más feliz de la tierra, y sentí que tenía que darlo todo para que ese pequeño trozo de mí se convirtiera en un hombrecito bueno, listo para afrontar los desafíos de la vida, lleno de enseñanzas y cariños de sus padres. Pero parece que su mamá no estaba tan dispuesta, porque cumplió con cuidarse y controlar su embarazo y parir, y desapareció en un torbellino de pasta base, copete y otras cosas que prefiero no saber. Al final nunca más la vi, y me vi de papá de guagua de 6 meses, solo. Completamente solo, y sin poder trabajar por cuidar al Guille. Y recordé a mi Pepe Grillo, y busqué ayuda.

Gloria y yo fuimos pareja y vivimos juntos en el sur, años antes de venirme a la capital con la mamá del Guille. Éramos felices, pero busqué otros rumbos más grandes, más entretenidos, menos hundidos en la dulce modorra sureña. Quedamos bien en todo caso, porque seguimos conversando y ella me aconsejaba cuando veía que mi pareja se iba perdiendo en las drogas, perdiendo en el carrete, perdiendo en la vida. Le presenté al Guille por videoconferencia y le encantó, y a él le gustó ella… le sonrió con esa sonrisa babosa y sin dientes por la cámara, como si supiera con quién hablaba. Cuando me vi de papá soltero, ella me contaba por teléfono o internet qué hacer cuando lloraba, como darle la leche, todo.

Y me atreví a pedirle ayuda, que me cuidara a mi hijo mientras yo intentaba encontrar trabajo y darle sustento. Y dijo que sí. Y le llevé a mi hijo al sur, prometiéndole que la ayudaría con dinero todos los meses, que iría a ver al Guille cada vez que pudiera, que hablaría con ellos a diario por teléfono. Me sentí un hombre afortunado por tener a alguien tan bueno de adentro como Gloria en mi camino. Quedamos en que sólo sería por unos meses, hasta que estuviera más asentado económicamente, pudiera ofrecerle a mi hijo una casa y comida, y ojalá todo mi cariño de papá preocupado y regalón. Lo dejé con pena en brazos de Gloria, y partí de vuelta a la capital a buscarme la vida.

He trabajado bien estos meses, y ya tengo bastante qué ofrecerle a mi Guille. Me he sacado la mugre por él, y estoy muy orgulloso. Me gustaría poder contarle todo lo que hago todos los días por él, por su bienestar. Mientras tanto he cumplido y hablamos a diario (ya habla algunas palabras… me ha dicho papá… es lo mejor que me ha pasado en la vida) y viajé varias veces a verlo. Gloria lo tiene grande, bien alimentado y sanito… como que fuera la mamá del niño, o mejor. De hecho el Guille le dice mamá. Lo inscribió en el CESFAM y lo lleva al médico, a sus controles, a sus vacunas, a todo. Es un niño feliz, y eso me hace feliz.

Pero hay un solo problema. Ese niño es mío, y me he descrestado por ofrecerle un techo y una vida digna conmigo, acá. Gloria y yo acordamos que lo tendría por unos meses, mientras yo me afirmaba. No conté nunca con que ella se encariñaría tanto con el Guille, que él le diría mamá, que formarían una familia los dos, sin mí. Yo no me iré de la capital al sur de nuevo, ni tengo ganas de volver con Gloria; somos buenos amigos, y así funcionamos mejor. Ella tiene a mi hijo ahora… y no me lo quiere devolver. Me amenazó con la justicia, con quitármelo. Y no sé qué hacer.

Me dijo que ahora el Guille tiene una familia que lo ama, que lo cuida, y que no necesita de mí. Yo me lo quiero traer a mi casa; ya tengo hablada a una nana que me lo cuidará mientras yo trabajo. No le puedo ofrecer una mamá, porque la que tiene no vale para madre, y prefiero que siga lejos. Por ahora es lo que hay, y como papá siento que es lo mejor. Pero tampoco puedo negar que algo de razón tiene; el Guille con ella tiene el amor y la protección de una familia, algo que no se puede comprar.

Ahora voy viajando a conversar con ella y ver a mi hijo. No sé qué hacer.

El dilema

Iba manejando camino al trabajo por la carretera, y lo vio pasar en su auto. Venía pensando en él, en encontrárselo de frente, así que tampoco se sorprendió mucho, pero igual una que otra tripa de su interior se movió nerviosa. Y siguió su camino sin prenderle luces saludando, dándole cada vez más vueltas a lo que ya llevaba muchas, incontables vueltas en su mente soñadora. Pero llegó al trabajo antes de concluir algo sensato, y tuvo que trasladar el foco de su pensamiento a las decenas, cientos, miles de historias que tenía que entender y responder con su mejor voz, aunque el interlocutor al otro lado del teléfono fuera el demonio en persona.

Pasó todo el día -como todos los días- divagando entre el canal 76 que no se ve, la señal HD que no es estable, la cuenta que el cliente pagó y aún así le cortaron el servicio, y él. Porque él ocupaba ya un buen trecho de esa cabeza despeinada por el micrófono-auricular de esos que usan los de los realitys. Y entre más trataba de conseguir respuestas, llegar a puerto, saldar cuentas con sus ideas, su conciencia y sus deseos, más se perdía en ese mar oscuro aunque tranquilo de la incertidumbre. Así avanzó la jornada hasta que se terminó el trabajo, y junto a su pelo enmarañado salió camino al relajo del día, el yoga.

El problema del yoga es que él no estaba sólo dentro de su mente mientras hacía las posturas y ejercicios, sino que también estaba al lado suyo, hablándole a ratos, coincidiendo en las miradas muy de cuando en cuando y, casi siempre, metido en sus propios asuntos, muy lejos de su esterilla, su cuerpo, su vida. En esos momentos de rabia contenida y deseo incumplido dictaminaba dejar de pensar en él y esperar señales o hechos, porque la vida sigue y no se puede desperdiciar momentos y oportunidades en un hombre que no da señales de interés. Y se iba del yoga con la decisión montada en la cúspide de su castillo en el aire, como tantas otras veces.

Un castillo muy bonito y de apariencia muy sólida, que se deshacía en volutas de humo con el primer telefónico aliento de su voz, cuando él llamaba para saber de su vida o preguntarle qué hacía. Ya había pasado tantas veces, que no entendía por qué se seguía mintiendo seguridad si no era capaz. Tenía clarísimo que seguiría buscando las oportunidades de verlo, de estar con él, de conversar, de intentar sacarle algo, una señal, algo que lo delatara en su sentir… pero llegado el momento, sólo atinaba a mirarlo -admirarlo incluso, a veces- sin atreverse a hacer las preguntas clave, a abordar las formas correctas, a aclarar las dudas mortales. Así pasaban los días.

Ya perdió la cuenta del tiempo en que el bote de sus sentimientos está a la deriva en estas aguas oscuras. No sabe si lo ama, o si el deslumbre es muy fuerte, o si sólo es sana admiración y cariño. No sabe nada, a fin y al cabo. Sólo tiene claro que siente cosas, muchas a ratos, y no puede darles salida porque esos ojos no invitan a hacerlo… pero tampoco rechazan que lo haga. Quizá mañana o pasado, durante sus largos días de escuchar problemas que no son suyos e intentar solucionarlos, encuentre la respuesta a su propio dilema. Quizá no. Lo único cierto por estos días es lo que siente, y ni siquiera a eso puede darle algún nombre. Si se atreviera a confesar, a preguntar, a sincerar…

La licencia médica

Si hubiera sabido lo que significa la licencia médica para la gente en Chile, y que de mí dependería la responsabilidad de hacer o no hacer una, me habría planteado mi vocación. Cuando un paciente me pide licencia siempre le pongo la misma cara de pocos amigos; peor aún si me la pide un conocido o un compañero de trabajo, o la licencia es para ‘algo’ y no ‘a causa de una enfermedad’ (que es lo que debiera ser, en estricto rigor). Tener el poder de permitir a alguien que falte a sus labores no es agradable, más aún cuando eres permanentemente cuestionado por las autoridades. y se piensa por default que la licencia es ‘trucha’.

Por estos días se está cuestionando a muchos colegas por hacer muchas licencias médicas; mi tasa de licencias es menor a una al día, y aún así el COMPIN me molesta pidiéndome informes con el diagnóstico y los fundamentos clínicos. O sea, le quitan a uno las ganas de dar licencias aunque el paciente lo necesite; con más razón entonces, dar licencias ‘como favor’ ya es una cuesta arriba importante. El problema -gran problema- es que uno está en

una licencia médica

una licencia médica

constante juicio por parte de sus amigos y conocidos, por lo que no dar una licencia ‘por favor’ es sinónimo de ser pesado y mala voluntad.

¿Quería yo tener este ‘poder’ entre comillas? Claramente no. Muchas veces el paciente miente para conseguir una, o es capaz de armar corruptelas con colegas de moral laxa para descansar recibiendo sueldo. Más que el dinero que pierden el FONASA y las ISAPRE por este concepto (me da lo mismo porque plata tienen, y mucha) el problema nos lo ganamos nosotros, cuando nos vemos obligados a dar una licencia porque el paciente de verdad no puede trabajar por su enfermedad. Es injusto para alguien que lo necesita no poder hacer reposo tranquilo por culpa de alguien que mintió para su propio beneficio.

‘Caras vemos, corazones no sabemos’ dice el dicho (díganmelo a mí) y yo estoy obligado a creerle a todos los pacientes. Peor ya me he enterado de varios que me han mentido para obtener una licencia, y da aún más lata -y rabia- y el resultado final es que uno se vuelve cada vez más resistente para entregarlas a los pacientes. Si tuviéramos siempre buena fe, y no intentáramos siempre engañar al médico y/o al sistema, quizá las cosas serían distintas. Pero no, somos chilenos, y eso lamentablemente nos hace querer siempre ‘hacernos los vivos’.

Estoy seguro de que la gente en general seguirá pidiendo licencias aunque lea esto; total, lo que importa es el interés personal. Pero están todos -todos- advertidos: la licencia médica es de criterio del profesional. Y mi criterio es cada vez más estricto y rígido. Así es la vida. Si no le gusta, búsquese a otro colega.