Las familias de Guille (parte uno)

Los dos fuimos siempre un poco locos, y la pasábamos bien carreteando, jalando a veces, tomando casi siempre, caminando sin sentido por las calles. En el fondo yo sabía que no era del todo buena nuestra conducta (y tenía una Pepe Grillo que me lo recordaba cada tanto) , pero necesitaba un poco de esa locura capitalina después de mis años tranquilos -y fomes, sí- en el sur. Total, estábamos solos, sin responsabilidades que nos ataran a un mundo más rendidor, más concreto, más lleno de latosas responsabilidades. Pero como todo en la vida cambia, nuestra vida también cambió. La mía sí, al menos. La de ella no.

Cuando nació el Guille, fui el hombre más feliz de la tierra, y sentí que tenía que darlo todo para que ese pequeño trozo de mí se convirtiera en un hombrecito bueno, listo para afrontar los desafíos de la vida, lleno de enseñanzas y cariños de sus padres. Pero parece que su mamá no estaba tan dispuesta, porque cumplió con cuidarse y controlar su embarazo y parir, y desapareció en un torbellino de pasta base, copete y otras cosas que prefiero no saber. Al final nunca más la vi, y me vi de papá de guagua de 6 meses, solo. Completamente solo, y sin poder trabajar por cuidar al Guille. Y recordé a mi Pepe Grillo, y busqué ayuda.

Gloria y yo fuimos pareja y vivimos juntos en el sur, años antes de venirme a la capital con la mamá del Guille. Éramos felices, pero busqué otros rumbos más grandes, más entretenidos, menos hundidos en la dulce modorra sureña. Quedamos bien en todo caso, porque seguimos conversando y ella me aconsejaba cuando veía que mi pareja se iba perdiendo en las drogas, perdiendo en el carrete, perdiendo en la vida. Le presenté al Guille por videoconferencia y le encantó, y a él le gustó ella… le sonrió con esa sonrisa babosa y sin dientes por la cámara, como si supiera con quién hablaba. Cuando me vi de papá soltero, ella me contaba por teléfono o internet qué hacer cuando lloraba, como darle la leche, todo.

Y me atreví a pedirle ayuda, que me cuidara a mi hijo mientras yo intentaba encontrar trabajo y darle sustento. Y dijo que sí. Y le llevé a mi hijo al sur, prometiéndole que la ayudaría con dinero todos los meses, que iría a ver al Guille cada vez que pudiera, que hablaría con ellos a diario por teléfono. Me sentí un hombre afortunado por tener a alguien tan bueno de adentro como Gloria en mi camino. Quedamos en que sólo sería por unos meses, hasta que estuviera más asentado económicamente, pudiera ofrecerle a mi hijo una casa y comida, y ojalá todo mi cariño de papá preocupado y regalón. Lo dejé con pena en brazos de Gloria, y partí de vuelta a la capital a buscarme la vida.

He trabajado bien estos meses, y ya tengo bastante qué ofrecerle a mi Guille. Me he sacado la mugre por él, y estoy muy orgulloso. Me gustaría poder contarle todo lo que hago todos los días por él, por su bienestar. Mientras tanto he cumplido y hablamos a diario (ya habla algunas palabras… me ha dicho papá… es lo mejor que me ha pasado en la vida) y viajé varias veces a verlo. Gloria lo tiene grande, bien alimentado y sanito… como que fuera la mamá del niño, o mejor. De hecho el Guille le dice mamá. Lo inscribió en el CESFAM y lo lleva al médico, a sus controles, a sus vacunas, a todo. Es un niño feliz, y eso me hace feliz.

Pero hay un solo problema. Ese niño es mío, y me he descrestado por ofrecerle un techo y una vida digna conmigo, acá. Gloria y yo acordamos que lo tendría por unos meses, mientras yo me afirmaba. No conté nunca con que ella se encariñaría tanto con el Guille, que él le diría mamá, que formarían una familia los dos, sin mí. Yo no me iré de la capital al sur de nuevo, ni tengo ganas de volver con Gloria; somos buenos amigos, y así funcionamos mejor. Ella tiene a mi hijo ahora… y no me lo quiere devolver. Me amenazó con la justicia, con quitármelo. Y no sé qué hacer.

Me dijo que ahora el Guille tiene una familia que lo ama, que lo cuida, y que no necesita de mí. Yo me lo quiero traer a mi casa; ya tengo hablada a una nana que me lo cuidará mientras yo trabajo. No le puedo ofrecer una mamá, porque la que tiene no vale para madre, y prefiero que siga lejos. Por ahora es lo que hay, y como papá siento que es lo mejor. Pero tampoco puedo negar que algo de razón tiene; el Guille con ella tiene el amor y la protección de una familia, algo que no se puede comprar.

Ahora voy viajando a conversar con ella y ver a mi hijo. No sé qué hacer.

Duelo entre parejas

Voy a olvidar por un rato los artículos de actualidad para volver a usar este blog como un medio de conversación conmigo mismo. Hoy cumplo un mes viviendo en Lebu, y un hecho en particular -del que nada diré- me hizo pensar en un tema interesante: el ‘duelo’ que se vive cuando uno termina una relación larga y significativa, y el tiempo que es prudente dejar pasar para iniciar algo nuevo con otra persona.

No tengo ni ganas ni a alguien con quien empezar algo ahora; ese no es el tema… pero, ¿existe un ‘tiempo indicado’ que dejar pasar para que a uno le guste otra persona, y piense en formar una nueva relación? Yo creo que no existe, y aquel concepto varía mucho, dependiendo de a quién se le pregunte. Mi experiencia en el asunto no es mucha, pero igual creo que alguna vez no he dejado pasar los meses suficientes de ‘duelo’ entre relaciones, y todos sabemos que no vivir el duelo en todas sus etapas al final te pasa la cuenta (para el que no sabe o no recuerda lo de las etapas del duelo, aprenda leyendo de acá).

Siempre he sido de la idea de que no hay que hacer lo que no te gustaría que te hicieran, y lo que me recordaron hoy rompe esa idea en pedazos. Todos tenemos distintas formas de sentir y vivir una relación de pareja, pero de cualquier modo deberíamos respetar a la otra persona cuando se finaliza la unión. Quizá yo no necesito tanto ‘duelo’ para poder estar en paz conmigo mismo, pero no puedo asumir que la otra persona será igual que yo, y en esos casos el respeto debe ser la conducta por defecto. Es algo que no siempre he hecho, y algo que no siempre me han hecho… eso último da lo mismo, en todo caso.

Aunque no da tanto lo mismo… ya sé lo que se siente. Seré imbécil…

Pido perdón a aquella(s) persona(s) que pudo(pudieron) sentirse en maltrato por mi culpa. He sido un maldito, lo sé… y hoy me pesó mucho. Ni he pensado en volver a comportarme así ahora, pero después de que me recordaron esto, con mayor razón aún lo tendré presente. No pretendo establecer una duración estándar del duelo entre parejas para justificar mi conducta anterior; eso lo dejo a la conciencia de cada uno, y la mía muchas veces me lo recuerda. Tengo que hacerle caso, pues, ¿no?

Buena terapia escribirme a mí mismo. Me agrada… un artículo corto, pero significativo. Nos vemos luego.

Mi yo enfermo

Siempre que converso con @PaBLoX termino dándome cuenta de datos de mi mente que no son del todo sanos; este cabro tiene que ser psiquiatra, porque es capaz de sacar lo peor de mí sin que me dé cuenta, lo analiza y me lo devuelve con soluciones tan claras que mi vida debiera de ser perfecta… si le hiciera caso. Bueno, nadie dijo que yo era obediente (de hecho, todos dirían que soy muy porfiado) así que no le falta material para experimentar; cuando la excusa es una tarde tranquila, un té cargado y muchas ganas de conversar, las psicopatologías salen a la luz matizadas de risas, confesiones y una camaradería de antología.

¿Por qué siempre intentamos amarrarme a nuestro pasado, sin dejarlo ir? Pablo piensa que me parezco a él en ese sentido, y quizá la culpa no es de todo mía. La pregunta cambia a ¿por qué nos arrimamos a gente que no nos deja ir? No podemos meternos en la esquizofrenicomente de los demás (ganas no nos faltan) para entender eso, así que algo tendrá que haber en nosotros que nos haga acercarnos y formar lazos con gente que termina siendo incluso más psicopatológica que nosotros. Los círculos viciosos en los que nos hemos visto envueltos dan para varios volúmenes, y este blog ya es un mudo testigo.

¿Tendremos carencias afectivas? No lo sé con certeza; no falta el momento en que uno se siente solo, y las compañías antiguas y medio muertas siempre son brazos conocidos y confortables, pero hay que saber discriminar entre brazos confortables y brazos venenosos. Mi camarada y yo tenemos problemas para discriminar, y nuestra psicopatía sale a flote cuando volvemos a ver, a tocar, a sentir aquello que en algún momento nos tuvo fuera de nuestras casillas. Con el tiempo va siendo cada vez menor, pero a fin de cuentas sigue ocurriendo.

¿Qué rol juegan las personas que no nos dejan ir? Podríamos pensar que son malas de narices, o quizá que están más psicopatológicamente enfermas que nosotros. Excusas para buscarnos no faltan, y aunque parezcan estupideces o sepan que de plano no nos hará bien escucharlas, aparecen en nuestras vidas como recordándonos que están, y que no tienen planes de irse. ¿Y por qué no quieren ser olvidadas? Excelente pregunta, pero que por la imposibilidad de responderla es mejor dejarla en el anecdotario de las simpáticas preguntas vitales que de repente nos hacemos.

¿Qué esperamos para deshacernos de ellas? Los lazos formados son tan fuertes, que cuesta ir cortando las cuerdas que nos atan a la distancia; es cierto que quedan pocos, que es quizá sólo una amistad de aspecto inocente pero fondo malsano que sólo ayuda a suprimir los pocos recuerdos buenos que queden de todo lo pasado, y lo reemplacen por una sustancia oleosa y maloliente a la que, curiosamente, somos inmunes. Es bonito priorizar los buenos recuerdos por sobre los intentos fallidos, pero anda a hacernos entender… somos dos seres enfermos, o que tenemos por lo menos un yo enfermo dentro de nuestras personalidades diversas.

¿Nos haremos caso esta vez? Vé tú a saber.