El dilema

Iba manejando camino al trabajo por la carretera, y lo vio pasar en su auto. Venía pensando en él, en encontrárselo de frente, así que tampoco se sorprendió mucho, pero igual una que otra tripa de su interior se movió nerviosa. Y siguió su camino sin prenderle luces saludando, dándole cada vez más vueltas a lo que ya llevaba muchas, incontables vueltas en su mente soñadora. Pero llegó al trabajo antes de concluir algo sensato, y tuvo que trasladar el foco de su pensamiento a las decenas, cientos, miles de historias que tenía que entender y responder con su mejor voz, aunque el interlocutor al otro lado del teléfono fuera el demonio en persona.

Pasó todo el día -como todos los días- divagando entre el canal 76 que no se ve, la señal HD que no es estable, la cuenta que el cliente pagó y aún así le cortaron el servicio, y él. Porque él ocupaba ya un buen trecho de esa cabeza despeinada por el micrófono-auricular de esos que usan los de los realitys. Y entre más trataba de conseguir respuestas, llegar a puerto, saldar cuentas con sus ideas, su conciencia y sus deseos, más se perdía en ese mar oscuro aunque tranquilo de la incertidumbre. Así avanzó la jornada hasta que se terminó el trabajo, y junto a su pelo enmarañado salió camino al relajo del día, el yoga.

El problema del yoga es que él no estaba sólo dentro de su mente mientras hacía las posturas y ejercicios, sino que también estaba al lado suyo, hablándole a ratos, coincidiendo en las miradas muy de cuando en cuando y, casi siempre, metido en sus propios asuntos, muy lejos de su esterilla, su cuerpo, su vida. En esos momentos de rabia contenida y deseo incumplido dictaminaba dejar de pensar en él y esperar señales o hechos, porque la vida sigue y no se puede desperdiciar momentos y oportunidades en un hombre que no da señales de interés. Y se iba del yoga con la decisión montada en la cúspide de su castillo en el aire, como tantas otras veces.

Un castillo muy bonito y de apariencia muy sólida, que se deshacía en volutas de humo con el primer telefónico aliento de su voz, cuando él llamaba para saber de su vida o preguntarle qué hacía. Ya había pasado tantas veces, que no entendía por qué se seguía mintiendo seguridad si no era capaz. Tenía clarísimo que seguiría buscando las oportunidades de verlo, de estar con él, de conversar, de intentar sacarle algo, una señal, algo que lo delatara en su sentir… pero llegado el momento, sólo atinaba a mirarlo -admirarlo incluso, a veces- sin atreverse a hacer las preguntas clave, a abordar las formas correctas, a aclarar las dudas mortales. Así pasaban los días.

Ya perdió la cuenta del tiempo en que el bote de sus sentimientos está a la deriva en estas aguas oscuras. No sabe si lo ama, o si el deslumbre es muy fuerte, o si sólo es sana admiración y cariño. No sabe nada, a fin y al cabo. Sólo tiene claro que siente cosas, muchas a ratos, y no puede darles salida porque esos ojos no invitan a hacerlo… pero tampoco rechazan que lo haga. Quizá mañana o pasado, durante sus largos días de escuchar problemas que no son suyos e intentar solucionarlos, encuentre la respuesta a su propio dilema. Quizá no. Lo único cierto por estos días es lo que siente, y ni siquiera a eso puede darle algún nombre. Si se atreviera a confesar, a preguntar, a sincerar…

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Resumen de la semana

La anodinia es un estado agradable, útil y hasta entretenido, pero hay que darle tiempo. Para los aspectos importantes de mi vida este último tiempo, aquellos que han merecido insultos, golpes e incluso pataletas por mi parte, esta anodinia ha sido trascendental para mantener mi salud mental en esta época en lo que menos tengo es tiempo, y lo que más agradecía era todo aquello que decidió irse sin explicación. Mi oportuna anodinia puso tierra sobre todo eso, y no hay quien respire por mucho tiempo en el polvo.

En este momento mi anodinia está en proceso, trabajando otra vez en otras cosas, que si bien no son nuevas, hoy se revisitan un poco a raíz -y a pesar- de los acontecimientos. El punto débil de mi desinterés por los sentimientos es el comienzo, cuando empiezo a sentirlos, cuando aquel desinterés se da cuenta de que tiene que actuar y despliega su influencia para anestesiarme. Sigo siendo práctico, y estoy seguro de que ninguna niñería de estas afectará mi vida ni hará que tenga ganas de tirarme de un puente… de hecho no sé por qué escribo hoy.

¿Qué es lo que queda al final? Un cariño hecho poesía que sólo quedó en eso, y que día a día se esfuerza para parecer más literatura y menos realidad. ¿Qué más? Un fantasma que se ve bien donde lo dejé hace tiempo, bien quieto y bien muerto. ¿Y el broche de oro? No hay broche de oro… lo que siempre ha pasado de la misma manera no tiene que asombrar cuando se repite.

Si alguna vez me escuchan quejarme de que tengo mucho que hacer, no me crean. Casi agradezco tener la mente tan ocupada; con el poco tiempo que me queda, pensar en idioteces no es un pasatiempo viable ni rentable. La anodinia se aprovechó de mis ocupaciones y se endiosó en esta mente antes atribulada por sus propias tormentas inventadas, hoy algo seca por la falta de sentimientos, pero en bastante buena salud. Total, hay que mirar siempre el vaso medio lleno y, en lo posible, sacar provecho de las oportunidades y quedarse con lo que a uno le sirve. Así se ha ganado experiencia toda la vida.

¿Triste al acabar la semana? Pues no. ¿Ganas de hacer algo que no he hecho? Puede ser… pero yo no soy así, no vale la pena. ¿Contenido? No tengo nada que contener. Cuando alguien no quiere lo que tengo es su problema, no el mío. Hace tiempo que se terminó eso de ver la viga en mi ojo. Hoy todo el mundo tiene paja en los ojos, y si no se limpian luego se quedarán cegatones de tanto parpadear por nada. Cuando pestañeó, perdió. Así es la vida.