Enrique, el elefante (parte uno)

Cuando Enrique, el elefante, llegó a comenzar su vida independiente y de aprendizaje a una nueva llanura africana lejos de su cuna, de sus padres y sus amigos elefantes, no se imaginaba cuan distinto puede llegar a ser un lugar que en apariencia es tan parecido a su propia casa. Allá lejos, en sus campos, Enrique, el elefante, vivía su vida feliz, comiendo algunas cosas que otros no comían, pero nadie lo molestaba. A diferencia de la mayoría de sus amigos y sus padres, Enrique, el elefante, prefería comer cactus. Allá eso no era demasiado mal visto, aunque de cuando en cuando escuchaba barritos a sus ancas criticando su dieta tan ‘liberal y peligrosa’. A veces costaba encontrar cactus y comía otras cosas, como todos, pero cuando encontraba uno lo arrancaba y lo disfrutaba con absoluta fruición. Las espinas ya ni le dolían.

En esta llanura, más meridional que la suya, los cactus eran muy escasos… y los que habían, realmente se veían en mal estado como para comerlos. Pero había otro problema, quizá más serio y difícil que la falta de cactus: la opinión de la manada donde iba a integrarse. Los elefantes de esa llanura eran tan conservadores, tan apegados a las reglas, tan fanáticamente seguidores del Gran Colmillo Antiguo, que se escandalizaban ante el más mínimo estímulo. Las elefantas no podían barritar demasiado fuerte ni comer en público ni revolcarse en el barro, y los pequeños cachorros elefantes iban muy bien arreglados y compuestos, bajo la atenta mirada de sus padres y de los Sumos Sacerdotes del Gran Colmillo Antiguo (que eran muchos). Y, en medio de todo eso, estaba Enrique, el elefante. Muy contrito, la verdad.

El Gran Colmillo Antiguo estaba en todos lados. Había tantos Sumos Sacerdotes como templos (marcados los unos con una blanca garza que casi nunca salía de sus cabezas, y marcados los otros con tres colmillos enormes puestos en fila, en el borde de un círculo). Todos los elefantes de la manada llevaban las mejores ramas y hierbas de regalo a los templos, y se juntaban dentro de esos círculos todas las tardes a barritar y soplar de sus trompas con mucho alborozo. Muchas veces Enrique, el elefante, escuchó como los Sumos Sacerdotes decían cosas horribles de los que comían cactus (entre otras ‘barbaridades’ que hacían elefantes ‘condenados’) y sentía -cada vez más- que él no estaba para nada equivocado ni condenado. Todo lo contrario, le daba algo de pena -y bastante risa a veces- lo absurdamente alienados que eran los muchos seguidores del Gran Colmillo Antiguo en esa manada, actuando todos de la misma forma, comiendo todos las mismas cosas, diciendo siempre lo mismo. Como si ser distinto fuera malo.

Así y todo, Enrique, el elefante, tuvo que resignarse a no comer cactus ni hablar de ello con ninguno de sus compañeros, por temor a que lo expulsaran de la manada. A los elefantes no les gusta estar solos, menos aún cuando no tienen mucha experiencia y la sabana africana (llena de bestias como leones y otros carnívoros) acechan esperando al despistado con los colmillos goteando saliva. A veces tenía tantas ganas de comer, que miraba con disimulada avidez alguno que se le cruzara, pero tenía que dar vuelta la cabeza rápido, para que alguno de los de la manada no se diera cuenta. Ciertos días era tan difícil aguantar y sentir esa opresión de un montón de elefantes-robot al mando del Gran Colmillo Antiguo, que deseaba irse lejos y no volver. Pero después recordaba que tenía que seguir, tenía que aguantar… nadie dijo que sería fácil, aunque ni se imaginó al decidir partir con lo que se encontraría.

No faltaba la ocasión en que Enrique, el elefante, se decía a sí mismo que tenía que demostrar a esa tropa de elefantes idiotizados que tenían que despertar, espabilar de esa modorra disfrazada de Gran Colmillo Antiguo y ver el mundo tal como es, con sus diferencias y detalles, y enriquecerse de ello en vez de escapar y descalificar. Pero sabía que sería condenado a salir de ellos sin lograr sus aprendizajes, sus objetivos. Incluso pensó una vez que estaba pagando sus errores de elefante (porque los elefantes también cometen errores) recluso en esa manada que no lo dejaba vivir tranquilo. Pero no decaía, y Enrique, el elefante, siempre buscaba algo qué hacer, algún lugar donde estar más tranquilo… aunque la imagen de un cactus grande y verde, con sus espinas, se le venía dolorosamente a su paquidérmico cerebro, y volvía a sufrir.

Esa noche decidió terminar el día bajo su árbol favorito, porque nadie más lo ocupó antes. Sacó unas ramas y se las comió, con nostalgia de un cactus, y miró a su alrededor; se veían grupos de elefantes por todas partes, reunidos dentro de círculos de colmillos, emitiendo muchos sonidos parecidos, con un elefante en medio, ataviado con una blanca y quieta garza. Sacudió las grandes orejas y rió por lo bajo, pensando que a veces no es tan malo estar fuera de la norma, lejos de los fanatismos, excluido de un grupo, cuando se dedican a pensar así y hacer ese tipo de cosas. Se sintió un elefante afortunado.

Largos días habían pasado hasta esa noche, y largos días quedaban por pasar aún, pero Enrique, el elefante, decidió que era mejor ver la laguna medio llena. Y se acurrucó a una orilla del árbol, juntó las orejas, enrolló un poco la trompa, se acomodó, y se durmió.

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