Viejo chico

La figura del ‘viejo chico’ es hasta simpática cuando uno es niño: para los adultos ha de ser divertido ver a un mocoso de 4 o 5 años hablando ‘cosas de grande’ o leyendo de corrido, o interesado en cosas algo extemporáneas a su edad. Conforme pasan los años, el viejo chico se convierte en el adefesio de data variable que es el adolescente: grande cuando quiere, y guagua cuando le conviene. Yo también lo fui, así que lo digo con conocimiento de causa. Y luego, viene la adultez… que generalmente es menos entretenida de lo que uno piensa; mandarse solo no era tan bacán como cuando uno decía ‘ya soy grande y hago lo que quiero’.

El problema está cuando algunos de esos nuevos adultos -como yo- nos convertimos de nuevo en viejos chicos, pero esta vez no haciendo cosas que dan risa o ternura a los demás, si no que pasamos a comportarnos textualmente como viejos a los 25 -o 26- años. En vez de estar aprendiendo a llevar una casa, carreteando con cierta moderación y trabajando como loco (y nada más) añadimos una nueva conducta: gruñir. Ser un viejo lleno de mañas y gruñón está bien para los pacientes que atiendo en el programa de crónicos (o ‘programa de porfiados’) pero no para mí… y cada día me doy más cuenta de lo agrio que me he puesto.

Quizá los que somos medio obsesivo-compulsivos tenemos una cierta predisposición a gruñir con más facilidad por cosas chicas, o siempre fue mi naturaleza y nunca le di demasiado crédito, o qué sé yo… el asunto es que me he sorprendido a mí mismo enojándome por cosas que de verdad (de verdad) son estúpidas, y lo peor  es que siento cero remordimiento por ello. ¿Estaré loco? No sería el primero que lo piensa… pero vivir solo ha exacerbado mucho esa veta mía de ‘tener todo bajo control’ y, por lo tanto, los disturbios a mi ‘nuevo orden’ me provocan más malestar.

Yo creo que ni los viejos se comportan tan ‘viejamente’ como yo. No sé qué vivencias han hecho avanzar mi edad mental hasta la senectud tan luego, pero una cosa es clara: hasta yo me aburro de mí mismo a veces. Y no quiero que este asco ocasional me lleve a volverme adicto al trabajo, o hiperquinético del hogar, o que simplemente me aburra del mundo, los mande a todos a la cresta, y me encierre en mi casa a escuchar música fuerte y a comer fideos todos los días. Sé que soy un tipo de carácter difícil y que tengo mis momentos de ‘mátate, por favor’ pero hasta ahora ha sido tolerable (supongo). No quiero dejar de serlo.

Supongo que reconocer el problema es ganar la mitad de la batalla. Soy un viejo chico, lo sé. Pero dentro de todo estoy recién aprendiendo a ser un adulto (con las responsabilidades que conlleva mandarse solo), y creo que aún estoy en la etapa en que puedo controlar mi ancianidad de carácter. Al menos me doy cuenta de que ando pegándole bastonazos a la vida de cuando en cuando. Si alguno de ustedes se atreve, lo mejor que puede hacer es quitármelo y pegarme en la cabeza bien fuerte.

Ya, basta por hoy de renguear. Caminando erguido llego más lejos y más rápido. Y miro al frente, que es más entretenido que mirar al suelo.

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