Duelo entre parejas

Voy a olvidar por un rato los artículos de actualidad para volver a usar este blog como un medio de conversación conmigo mismo. Hoy cumplo un mes viviendo en Lebu, y un hecho en particular -del que nada diré- me hizo pensar en un tema interesante: el ‘duelo’ que se vive cuando uno termina una relación larga y significativa, y el tiempo que es prudente dejar pasar para iniciar algo nuevo con otra persona.

No tengo ni ganas ni a alguien con quien empezar algo ahora; ese no es el tema… pero, ¿existe un ‘tiempo indicado’ que dejar pasar para que a uno le guste otra persona, y piense en formar una nueva relación? Yo creo que no existe, y aquel concepto varía mucho, dependiendo de a quién se le pregunte. Mi experiencia en el asunto no es mucha, pero igual creo que alguna vez no he dejado pasar los meses suficientes de ‘duelo’ entre relaciones, y todos sabemos que no vivir el duelo en todas sus etapas al final te pasa la cuenta (para el que no sabe o no recuerda lo de las etapas del duelo, aprenda leyendo de acá).

Siempre he sido de la idea de que no hay que hacer lo que no te gustaría que te hicieran, y lo que me recordaron hoy rompe esa idea en pedazos. Todos tenemos distintas formas de sentir y vivir una relación de pareja, pero de cualquier modo deberíamos respetar a la otra persona cuando se finaliza la unión. Quizá yo no necesito tanto ‘duelo’ para poder estar en paz conmigo mismo, pero no puedo asumir que la otra persona será igual que yo, y en esos casos el respeto debe ser la conducta por defecto. Es algo que no siempre he hecho, y algo que no siempre me han hecho… eso último da lo mismo, en todo caso.

Aunque no da tanto lo mismo… ya sé lo que se siente. Seré imbécil…

Pido perdón a aquella(s) persona(s) que pudo(pudieron) sentirse en maltrato por mi culpa. He sido un maldito, lo sé… y hoy me pesó mucho. Ni he pensado en volver a comportarme así ahora, pero después de que me recordaron esto, con mayor razón aún lo tendré presente. No pretendo establecer una duración estándar del duelo entre parejas para justificar mi conducta anterior; eso lo dejo a la conciencia de cada uno, y la mía muchas veces me lo recuerda. Tengo que hacerle caso, pues, ¿no?

Buena terapia escribirme a mí mismo. Me agrada… un artículo corto, pero significativo. Nos vemos luego.

El (nuevo) opio del pueblo

Es para la risa. Para mi risa, al menos. Los noticieros centrales de los canales de televisión abierta en Chile cada vez duran más, y cada vez sirven menos. Entre tanta parafernalia tecnicolor y lecturas de noticias cada vez menos ‘lecturas’ (las improvisaciones de los que leen noticias da para un artículo completo) es súper claro que algo se nos quiere ocultar. O se nos quiere hacer creer cosas que no son, o al menos no lo son tanto.

No creo que sea yo el único que piense que en Chile sólo ocurren miles de robos, violaciones y asaltos todos los días; si fuera extranjero y viera las noticias de Mega cualquier canal, tomaría el primer avión de vuelta a mi país. Con todas las barbaridades que salen ahí, es como para no estar en Chile ni un minuto más, so pena de morir con la cabeza atravesada por un cuchillo de mantequilla, de que me roben la billetera en la calle, o me estafen en el cajero automático más cercano, o cualquier otra barbaridad. Igual tiene mérito que los periodistas logren dar con tanta calamidad para reunir en un solo noticiero.

Así pasa la hora y media que duran los noticieros (olvídate de las antiguas noticias de una hora). Mientras el país está en calma, nada se nota; somos un país bueno para sufrir y nos agrada saber que estamos mal, y que podríamos estar peor. El problema surge cuando efectivamente hay asuntos que debieran importar a todo un país (el conflicto estudiantil de 2011, las demandas de Aysén de 2012 y otras grandes problemáticas) y los noticiarios centrales de Chile se dedican a hablar de los un noticierodesmanes de las manifestaciones, y de las mismas noticias de siempre, aunque con otra señora Juanita, otra comuna y otra casa. ¿Casualidad? No. ¿El nuevo opio del pueblo? Parece que sí.

Muchos opinan que los medios de comunicación masiva (noticieros y diarios de circulación nacional) están más que ‘maquineados’ (o manipulados, para los que no son chilenos) por ‘algún ente superior’ que no conozco ni quiero conocer. Cuando el chileno medio, con más de dos dedos de frente -afortunadamente cada día somos más- busca informarse en los medios disponibles, no sólo no encuentra lo que busca, si no que termina enterándose de cosas intrascendentes, como lo que pasó anoche en Mundos Opuestos o la última gracia del perro de Lady Gaga.

Menos mal que la masificación de las redes sociales ha hecho que seamos nosotros mismos los que informemos con más veracidad y rapidez que los mismos noticieros y diarios. Mención especial para la radio, que aún se mantiene como relativo bastión de la libertad.

El Chile que yo quiero es un país libre e informado. Como decían en alguna radio, ‘el hombre que no está informado no puede tener opinión’. Y pareciera que los noticiarios -como vástagos de ese ‘alguien’ que los controla- buscan exactamente ese objetivo: silenciarnos, anularnos, alienarnos en una posición de comodidad ignorante donde sólo opinemos indirectamente rezando el mensaje que ellos quieren transmitirnos. Por desgracia para ellos, muchos chilenos estamos abriendo los ojos entre la niebla espesa de la desinformación, y estamos sacando la voz.

Párrafo aparte para los reportajes de Meganoticias que duran 20 minutos, y tratan de temas que se superan día a día en estupidez (porque no se les puede calificar de otra forma), como por ejemplo ‘por qué usar corbata‘ o ‘chilenos piroperos‘ Cosas que a todos nos importan, claro. Yo no sé como un periodista -que estudia 5 años, me imagino, para hacer cosas importantes- se presta para armar una nota tan larga acerca de temas tan tontos y tan ‘poco noticia’. Mi teoría de alienar a los telespectadores se alimenta en gran parte en estos ‘reportajes’ entre comillas. Meganoticias -y el resto de los noticiarios, ninguno se salva- nos están dando el nuevo opio del pueblo.

Lo malo para ellos, es que ya nos dimos cuenta.

Entre colegas

Ya estoy por cumplir dos semanas trabajando en el CESFAM Lebu Norte, en la ciudad homónima. Somos tres médicos, y hasta ahora la relación entre nosotros ha sido súper amena; me recibieron bien, y me han apoyado cuando necesito ayuda. Del personal no médico, puras cosas buenas: los enfermeros y enfermeras, dentistas, kinesiólogos, paramédicos, gente del SOME y mis jefes han sido geniales.. me he sentido como en casa, y eso se agradece mucho. El problema empieza cuando salimos de las fronteras del consultorio, y nos encontramos con el Hospital.

No conozco a los colegas de ahí, pero ya los mismos pacientes que atiendo me van contando cómo es la cosa. Y más que detallar lo que se dice o se deja de decir entre ambas partes, quiero ir a un punto que traspasa la labor médica y pertenece a todos los trabajos: el trato entre los colegas. A mí me formaron en un hospital chiquito, humilde, algo corrupto y lleno de mañas, pero con mucha gente de principios valóricos bien puestos, y se me enseñó desde chico que es muy feo ‘pelar’ (o hablar de, para los que no son chilenos) a un colega, más aún delante de un paciente. Eso habla pésimo del profesional, y deja mal parada a la profesión. O sea, todo mal.

Me tocó ver casos como interno, y me ha tocado verlos en mis escasas incursiones laborales, pero acá la cosa es un poco más intensa, y tiene algo de historia; pero no vine a hablar de eso. Insisto en que hablar mal de un colega delante del usuario es tan feo como pegarle a la mamá. Soy un convencido de que los problemas de la casa se resuelven en casa, y en la casa de los médicos siempre hay muchos problemas… que se pueden hablar fácilmente sin armar polémicas. Trabajando en La Serena cometí un par de errores en las indicaciones de un ingreso a pediatría, y mis colegas bajaron del servicio a corregirme amablemente, pero en mi cara y sin pelarme. Así debieran hacerse las cosas siempre. Como hombres y mujeres de bien.

La probidad u honradez (ver el significado RAE acá) es la palabra que debiéramos aplicar todos quienes tenemos colegas. La dinámica de los gremios que se protegen y se ayudan siempre logra que el colectivo crezca en prestigio y calidad de su asistencia (sea el rubro que sea), mientras que la mala onda y las ganas de crecer hundiendo al de al lado sólo contamina, arruina, destruye. ¿Qué imagen creen que se lleva el paciente del médico que pela, y del médico pelado? Pésima, de ambos. Y es muy triste enterarse de cosas -de uno o de quien sea- de boca de quienes son el objeto primordial de nuestro trabajo: los pacientes.

Tampoco hablo de tapar los errores ni defender lo indefendible; hay cosas que deben saberse y solucionarse a un nivel más macro, pero hay formas y formas. En todas las universidades  debiera enseñarse lo que a mí me inculcaron mis profesores y maestros: ‘si tienes un problema conmigo, me lo dices… es muy feo hablar mal de un colega, y peor aún si esos comentarios los haces delante de un paciente’.

Somos colegas, estudiamos lo mismo, y perseguimos el mismo objetivo. No es mejor profesional el que sabe más, el que trabaja en un hospital grande, el que le acierta a todos los diagnósticos… es mejor profesional el que tiene mejor criterio, mejor tino, y sabe abrir la boca en el momento preciso, el lugar indicado, y ante quien corresponde. Eso no lo enseñan en la Facultad. Eso es crianza. La probidad no es sólo no tomar cosas ajenas, sino que también no hablar mal del que no está frente a uno. Espero nunca se olvide, ni a mí ni a ustedes.

Menos tolerancia, más respeto

Este 2012 está siendo el año de la diversidad, en el amplio espectro de la palabra. Hemos sido golpeados con varias noticias que seguro que en otros países no ocurren. Sin ir más lejos, la guinda de la torta ha sido golpear y humillar hasta la muerte a un niño que no le hacía daño a nadie, sólo por el hecho de ‘ser distinto’. Y es en ese punto donde me quiero detener, porque encuentro un pequeño detalle que no me hace sentido en toda la charla de la gente: ‘a los que son distintos hay que tolerarlos’, ‘hay que tener tolerancia por ellos’, ‘yo soy tolerante con las minorías’, y toda esa mierda que todos se meten en la boca.

Buscando en el diccionario de la RAE (Real Academia de la Lengua Española), la definiciones de tolerancia son:

  1. tr. Sufrir, llevar con paciencia.
  2. tr. Permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente.
  3. tr. Resistir, soportar, especialmente un alimento, o una medicina.
  4. tr. Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.

De las cuatro definiciones, la que me gusta es la última… pero estoy virtualmente seguro de que todo el mundo usa las tres primeras; es cosa de escucharlos decir, por ejemplo, ‘yo soy tolerante con las minorías’ o ‘hay que tolerarlos’ (y me refiero a todo aquel que ‘deba o necesite ser tolerado’ en general). O sea, para mucha gente ‘tolerar’ quiere decir algo así como ‘sí, yo te dejo vivir en mundo aunque seas distinto a mí’ o ‘eres distinto a mí, pero puedes vivir en mi mundo porque es legal que lo hagas’. En estricto rigo está bien, es un paso… pero no es lo ideal ni mucho menos. No es ese el mundo que quiero, y no es así como veo al mundo.

La cuarta definición se enlaza con lo que -creo- debiera ser el planteamiento general de todos respecto de la diversidad. Veamos los significados de la palabra respeto (puse las tres primeras, pues las otras enlazan a otras palabras; si quieren verlas todas, hagan clic acá):

  1. m. Veneración, acatamiento que se hace a alguien.
  2. m. Miramiento, consideración, deferencia.
  3. m. Cosa que se tiene de prevención o repuesto. Coche de respeto.
Me quedo con la tercera definición, ‘miramiento, consideración, deferencia’. Nadie pide (yo no lo haría) convertirte en algo que no eres o no sientes, o involucrarte en algo que no te gusta; eso coartaría las libertades de todos, y nos volvemos locos. Todo lo que digo se reduce a una oración muy simple: ‘vive y deja vivir’. El respeto es la base del buen funcionamiento de una sociedad tan moderna como diversa, en la que los avances de la razón, la tecnología y el bombardeo mediático generan, de una forma u otra, el nacimiento y muerte de nuevas formas de vida todo el tiempo.
Tolerar me suena a soportar. A hacer un esfuerzo por dejar que el otro u otra viva y comparta tu lugar de trabajo, tu barrio, tu ciudad, tu oxígeno, tu país, tu planeta. Vivir en comunidad, trabajar todos por un objetivo común, crecer todos juntos, querernos, no debiera conllevar esfuerzo alguno. Y creo que el respeto, basado en sus definiciones, no implica esforzar la razón para nada. El respeto fluye como el agua de un río, tan transparente como inevitable, y si viviéramos todos en el respeto y no en la tolerancia, nos cansaríamos menos y disfrutaríamos más de las virtudes que cada uno de nosotros tiene para aportar a la sociedad.
La tolerancia va atada al prejuicio, y eso también es un problema. Es triste escuchar frases como ‘no, yo no escucho esa música porque es (flaite, cola, de viejos, de satánicos)’ o ‘yo no me junto con esos por que son (flaites, colas, viejos, satánicos)’. Oye, detente un poco y conoce antes de dar una opinión prejuiciada que puede ser súper errónea. El hombre que no está informado no puede tener opinión, decían en una radio. Y cuando se miran las cosas y a las personas con los ojos transparentes del respeto, es más fácil formarse un juicio noticiado de algo, y decidir libremente si gusta o no gusta. Hagamos las cosas bien, ¿no?
Los invito a recordar las definiciones de ambas palabras, y decidir mejor qué usar a la hora de ‘enjuiciar’ (si toleras) u ‘opinar’ (si respetas) a alguien que no hace, siente, piensa o dice lo mismo que ustedes. Es sólo una palabra, pero a estas alturas de la película hacen un mundo de diferencia. Que este año sea el primero de mucos años de diversidad y respeto.
¡Respetémonos todos, que es muy fácil!

Aventuras en Lebu

Hasta que llegué. Llevo 5 días en Lebu, capital de la provincia de Arauco, región del Bio Bio, Chile. Si me lo cuentan hace 3 semanas no me lo creo… y sin embargo así fueron las cosas. Han sido días intensos, pero con esa intensidad tranquila que sólo puede ocurrir en un ‘pueblo grande’ como es Lebu. La primera moraleja que aprendí es que necesito una cámara fotográfica; el entorno es demasiado bonito como para no sacar fotos. Tengo algunas en el celular, pero no le hacen justicia a la belleza que me rodea.

Llegué acá porque la casualidad lo quiso. Una llamada telefónica mientras dormía, viajando a La Serena con mi ropa sucia, me cambió la vida. Desde entonces hasta ahora han pasado exactamente 15 mañanas, y en esos días viví muchas cosas… muchas más de las que quisiera, pero todas absolutamente necesarias. Era la terapia de choque que me hacían falta antes de venirme, y pensé en todo eso durante el largo, largo viaje. Tuve la suerte de una carretera tranquila, una jornada de descanso, una visita a mi ahijado y mis compadres, y la compañía de un tío y un primo hasta Lebu. Pero lo mejor me esperaba acá; quiso la fortuna poner en mi camino a una familia que me incluyó como uno más de los suyos, y me ha dado el cariño que mi familia me daría estando en mi casa. No terminaré nunca de agradecerles.

Lebu es un pueblo grande, o una ciudad chica. Y como tal, tiene todo lo que le da sal y pimienta a la convivencia social de un lugar así: muchas iglesias (evangélicas en su mayoría, de todas las vertientes imaginables), corridos y cumbias de todo tipo en las pocas radios locales, y un interminable cotilleo de la gente que conoce a todos, sabe todo, y siempre quiere enterarse de todo (lo que aún no sabe, pero sospecha). De a poco me iré acostumbrando a esta dinámica de ciudad chica/pueblo grande, donde no será necesario Twitter o Facebook para que la gente sepa lo que hago y dejo de hacer, y comente casi necesariamente que lo que hice lo hice mal, y lo que no hice debí hacerlo. Ya me acostumbraré, supongo.

Como decía antes, el entorno es lo mejor que me ha pasado en la vida. Pasar de cerros secos y mucha tierra a cerros llenos de árboles, aire de mar mezclado con frescura de verde, y un viento incesante (Lebu es ‘la ciudad de los vientos’) es un cambio notable. Creo que sólo por eso ya vale la pena haber venido hasta acá. Hace bastante frío en las noches, y eso que el invierno recién se asoma y aún no llueve. Y dicen que caen 1500 mm de agua al año… comparado con los 70 de La Serena, creo que me iré construyendo una piragua para ir al consultorio. Este invierno será bien especial. Frío, lluvioso, con viento, y yo solo y trabajando… una gran prueba, que habrá que superar.

De la pega no vamos a hablar, porque he trabajado poco aún y porque siempre escribo de pega.

Me gustaría mostrarles como es todo por acá. Ojalá algunos de los cercanos que leen vengan a verme; de verdad no se van a arrepentir. En cuanto tenga casa, feliz los recibiré a todos. Espero que la calidez de la gente del sur me siga acompañando, y que de a poco me vaya adaptando. Las aventuras en Lebu están recién empezando. Sólo pido que sean más buenas que malas, y que las malas sean al menos llevables. Otro día les traigo fotos, cuando tenga cámara y empiece a sacar.

Médico versus paciente

Esta semana será pesada. Vengo saliendo de un turno de noche, mañana tengo turno largo (de 8 de la mañana a 9 de la noche), y el jueves otra vez tengo turno noche. Sin duda la mente humana se cansa un poco de esto, pero así es la pega del médico. Cosas que nadie me contó cuando entré a la carrera, claro. O si alguien me las contó, me dije ‘nah, yo voy a poder… total, estaré tan feliz de ser médico, que no me importará’. Tan iluso que es uno cuando recién se mete en este cuento, ¿no? Como dice el dicho, otra cosa es con guitarra.

Hoy aprendí una lección de vida, y los maestros que me la enseñaron fueron los ejemplares más diversos de la fauna de colegas que pueblan el Hospital de La Serena. Poblamos, mejor dicho; yo también formo ese ecosistema. Por distintas razones, todos llegaron a la misma conclusión. Una conclusión que mata un poco -un poco mucho- a una de las cosas que más nos recalcan en la carrera: la relación médico-paciente. El arte de la medicina, ese qué se yo que tiene esta pega que te acerca a un ser vivo en la mayor de sus vulnerabilidades (la enfermedad) se va un poco al carajo cuando dejas de imaginarla o estudiarla, y empiezas a aplicarla. ¿Por qué?

Elemental, mi querido Watson: la gente se toma a mal todo lo que uno le dice, y después demanda o reclama. Un ejemplo: anoche una mamá se enojó conmigo porque la traté de irresponsable. ¿Qué le dirían ustedes a una señora -que se dice madre de una niña de 3 años- que trae a su hija porque se cayó de un segundo piso UNA SEMANA DESPUÉS DEL ACCIDENTE? (perdón las mayúsculas). Traté de ser lo más condescendiente posible, explicándole que era un error su conducta y que no debió esperar tanto. Y obvio que se molestó. Como se molestan tantas otras cuando les haces ver lo mal que llevan la maternidad, con esos pobres niños pagando los platos rotos. ¿Y quién es el único que se amarga? Yo.

Yo, lógico. Porque soy yo el que pelea, el que se defiende, el que queda mascando la rabia cuando el paciente se va… y soy yo también el que recibe el reclamo por ‘negligencia y mal trato’ (ahora todo es negligencia y mal trato). O sea, ¿tengo que hacerme el huevón (disculpen) cuando me lleguen ese tipo de cosas? La conclusión a la que llegaron mis colegas hoy, es que sí. Al demonio la relación médico-paciente: para que esto no se convierta en un round médico versus paciente, lo mejor es hacer la pega dándole la razón al consumidor. Es más cómodo para uno porque no se hace mala sangre con nadie, y es justo lo que el padre o madre busca: atención para su hijo, la necesite o no, y que nadie cuestione sus errores. Todos ganamos.

Es una triste realidad el palpar que el paciente no quiere escuchar la verdad. Estos meses me he dado el trabajo de educar a cada mamá que me lleva a su hijo gordo, diciéndole que es un mal que dura toda la vida, y que después su hijo las culpará a ellas. ¿Alguna de esas mujeres me hará caso, cuando la mayoría de las veces es tan gorda como su hijo? Yo creo que no. Entonces mejor no me hago mala sangre. Mis colegas algo de razón tienen; mal que mal tienen muchos más años que yo de experiencia en el ejercicio de la medicina. Yo soy nuevito, y vengo cargado de ilusiones y románticas ideas de la medicina como redentora de la sociedad. El mundo no es como te lo pintan… no este mundo, al menos.

Pero igual me cuesta ser tan frío. Me gusta tratar con los pacientes, entregar una atención lo más integral posible, sonreír, brindar apoyo y consuelo, aclarar dudas, ser lo mejor posible… pero cuando el paciente te lo paga con reproches, se te quitan un poco las ganas de ser así. Hasta ahora nadie me ha puesto un reclamo formal, pero las discusiones con los padres me agotan y me amargan. No han sido muchos round médico versus paciente, pero sí han sido intensos.

Mañana se viene otro turno. Veremos si prevalece más mi formación y mi naturaleza, o los sabios consejos de la fauna médica del hospital. Otro largo día de batalla se avecina.

La dinámica del culpar

No sé si esto es cosa de nosotros los chilenos, o es algo más global. ¿Por qué siempre tenemos que culpar a ‘algo’ o a ‘alguien’ por todo lo que (nos) pasa? He pensado varias veces en este tema durante mis largas jornadas en la urgencia del Hospital, conversando con las mamás que llevan a sus niños a que los veamos. Fuera de las -a veces- increíbles historias que cuentan, he tenido la oportunidad de ponerlas a prueba cuando quiero hospitalizar a un paciente y ellas se niegan, diciendo que se lo llevan a la casa ‘bajo su propia responsabilidad’.

Médico: ‘señora, tengo que hospitalizar a su hijo’. Mamá: ‘no, no quiero dejarlo acá… yo me lo llevo y lo cuido en la casa, y le hago caso en todo lo que me diga… yo me hago responsable’. Médico: ‘a ver, señora… ¿qué pasa si su hijo se muere en la casa? Estoy seguro de que usted no se echará la culpa… me la echará a mí’. Señora: ‘sí doctor, tiene razón… se la echaré a usted. Mejor lo hospitaliza’.

Sin vergüenza alguna me lo dicen. Y las entiendo: es su hijo, lo más preciado que tienen, y es obvio que el médico siempre tiene la culpa cuando las cosas salen mal; eso se ha vuelto una ridícula costumbre en este país. Pero esta conducta de culpar a alguien por lo que nos ocurre es algo que va más allá de mi relación médico-paciente. Todo es ‘negligencia’, todo es ‘si yo hubiera estado ahí, las cosas habrían sido de otra forma’, todo es ‘él se equivocó y por eso pasó esto’. Me imagino que es más cómodo apuntar con el dedo que apuntarse a uno mismo y analizarse, aunque nuestra responsabilidad sea clara como el agua.

Vivimos sumergidos en la dinámica del culpar. Limpiar la propia conciencia ensuciando la de alguien más es una manera comprobadamente simple de sacarse un peso de encima. Todo lo contrario que cuando hacemos algo bien: ojalá todo el mundo se entere. Somos todos iguales; algunos un poco más, algunos un poco menos… no hay quien se salve. No sé si buscamos compasión, ayuda, reconocimiento como mártir… no lo sé. Si tenemos a mano un chivo expiatorio que se trague el problema por nosotros, lo usaremos sin dudarlo. Somos más hábiles que el hambre cuando tenemos que pasarle la pelota a otro.

La mamá con el hijo enfermo lo haría conmigo sin dudarlo. Le va a dar lo mismo hundirme con tal de sentirse mejor consigo misma, y focalizar su rabia y su frustración en una persona, no importando que sea inocente. Y así será con todo tipo de situaciones, en todo tipo de lugares. Y la habilidad para culpar también nos lleva a otra habilidad: la de cubrirnos las espaldas. Si la otra persona me dice en mi cara que no dudará en culparme, yo tengo que protegerme. En mi caso tengo métodos claros (que no vale la pena mencionar acá) para hacer valer mi indicación; en otros escenarios, cada uno se inventa sus formas. Hay que cuidarse, porque todos sabemos usar el cuchillo de la culpa. El que diga que no, que lance la primera piedra.

No espero cambiar las cosas con este artículo. El mundo nos ha llevado a hacernos los inocentes frente a los demás, mostrando nuestra mejor cara en base a empeorar la del que está al lado. Es una respuesta natural. Pero sí es útil que sepamos que cualquiera, en cualquier momento, nos puede culpar por algo que hicimos (o no). Por eso siempre hay que dejar constancia de nuestros actos, para que en el momento del juicio (de verdad o moral) haya una prueba que nos cuide; nadie nos cuidará… cada uno vela por sí mismo.

Aunque no estaría de más ser un poquito más derecho y justo. No cuesta mucho.

La urgencia y yo

Ya llevo dos meses trabajando en lo que estudié, y acabé metido en el único lugar que juré nunca más pisaría: la urgencia. Después de interminables turnos como interno, cuando llegaba derrotado a la casa y me daban ganas de no volver al hospital, siempre me decía que cualquier pega era mejor que estar metido 12 o 24 horas en la asistencia pública (AP). Pero por la boca muere el pez, y ahora soy un mueble más de ese lugar.

Cada noche -a las nueve- que llego a recibir turno, y paso fuera de la AP, me acuerdo de mis viejos juramentos. Como no me va a dar rabia si veo la entrada llena de gente fumando, riendo, conversando, comiendo, hablando por teléfono… y esperando atención, claro. Obvio que hay ambulancias, heridos, carabineros con delincuentes y cosas que realmente urgen, pero el 95% de la gente que está ahí (por ser optimista, yo creo que son más) debiera estar en su casa viendo tele, o durmiendo, o carreteando. No jodiendo las pelotas del médico que llega a recibir turno, y tiene que poner su mejor cara ante las estupideces por las que la gente consulta.

Porque claro, además se enojan si uno los hace esperar o atiende a otro ‘porque yo llegué primero y estoy esperando desde antes’. El concepto de ‘unidad de emergencia’ no lo entiende aquel que va a atenderse diciendo que ‘caminaba por acá y aproveché de pasar porque tenía tiempo’ (no es broma, lo he escuchado), y se enoja cuando uno prioriza el real deber del médico de urgencias: atender al paciente cuya vida corre peligro. Pero bueno, así es la vida… el chileno es vivo para todo, hasta para ir al médico.

Anécdotas tengo muchas, y eso que llevo dos meses. Desde la mamá que lleva a su hijo al doctor a las 4 de la mañana porque lleva dos semanas enfermo (y el niño no tiene nada), hasta el papá que putea a la doctora antes de que se vaya, y cuando llego yo se comporta de lo más caballero (maricones cobardes y abusadores hay en todos lados). Cada turno es una aventura; la urgencia y yo jugamos un gallito de 12 horas que -gracias a Dios- hasta ahora ha terminado empatado. La adrenalina de los turnos incluso me impide dormir en las noches, siempre pendiente de que algo que requiere mis cinco sentidos alerta llegue.

He tenido a mi favor un personal de enfermería y auxiliares que son absolutamente clever, simpáticos y dispuestos a trabajar; además siempre tienen una amable sugerencia que hacer cuando ven que uno está ‘maneado’ o toma una decisión poco clara… la experiencia de ellos es una ventaja, y es genial que tengan la disposición de compartirla conmigo. Con ellos de compañía y compañeros, los turnos son mucho más llevables.

Los turnos como interno no son iguales que los turnos como médico. En algunos puntos son peores, y en otros son mejores… de cualquier forma implican mucha dedicación, paciencia y ojos abiertos; nunca es tarde para aprender, y la ventaja que tengo por trabajar en un lugar donde todo el mundo me conoce, es que puedo preguntar cosas sin ninguna vergüenza. Creo que ser médico no implica saberlo todo, y es una muestra de humildad que beneficia al paciente reconocer que uno no sabe algo. Preguntar es ganancia para todos: para el paciente, para mí (porque aprendo) y para el que contesta (es un halago para él). Los amigos valen más que la plata, y eso en medicina es una verdad como un templo.

Aún me quedan muchos turnos, y mucho por aprender. Mis juramentos por ahora no podrán cumplirse; seguiré siendo un mueble de la AP, y tendré que seguir siendo amable cuando en realidad se me antoje sacar el rifle. Mal que mal igual me gusta mi pega, y eso la gente lo nota. Es un agrado sentir ese feedback de la mamá agradecida, o del niño tranquilo.

Creo que me dormiré. Mañana entro temprano a la AP. Y más de alguien me dirá ‘y tú, ¿de nuevo por acá?’.

Siete años, siete vidas

Hay una canción de Presuntos Implicados que me gusta mucho, por su letra y lo que me imagino cuando la escucho. Se llama ‘Siete Pisos’ (escúchenla haciendo clic acá) y me acordé de ella ahora que me bajó el atacazo literario de escribir. Estos días han sido de transición de una vida antigua, llena de matices, a una vida nueva, de la que poco conozco. Y en estas transiciones es difícil no recordar las cosas que pasaron en estos siete años de medicina, que parecen siete vidas, como las de un gato. Salí vivo, al menos.

Primer año fue el año en que más probabilidades tuve de morir. De hecho yo creo que me morí, y volví a nacer. Me asaltaron apenas entrar a la universidad, conocí el amor y la muerte del amor en menos de un mes, lloré como no había llorado hasta entonces, y aún así logre pasar todos los ramos, sobrevivir a tanto dolor, y no me volví tan loco como se podría pensar. Algunos de los buenos amigos que hice perduran hasta hoy. Un gran año, en el amplio sentido de la palabra.

Segundo año fue el año de la locura. Muchas cosas que hice no debí hacerlas, mucha gente que conocí no debí conocerla, y debí estudiar más (casi me echo un ramo). El segundo semestre se calmó un poco la cosa, me fue mejor en lo académico y reforcé mis amistades con gente buena, linda, que me acompañaba y quería. Mi cordura se seguía manteniendo relativamente intacta.

Tercer año me trajo al hospital, muchos pacientes, y los primeros juegos de esto de ‘ser médico’. Me di cuenta de que mi elección fue la correcta, y amé cada día un poco más esta carrera. El resto de mi vida estuvo relativamente tranquilo, exceptuando un viejo fantasma que volvió para quitarme algo que quería, y repitió viejos actos del pasado de los que esta vez fui espectador, no protagonista. Cuarto año fue un año tranquilo. El más tranquilo de todos los que he contado hasta ahora.

Quinto año fue el año de aprender. Aprendí a estar solo y no mortificarme por ver cómo a los demás le resultaba y a mí no. Aprendí que mis defectos físicos, académicos y psicológicos podían ser soportables, e incluso se les podían sacar ventajas. Aprendí a ver el vaso medio lleno, y no medio vacío. Era el año que necesitaba para reecontrarme, vivir en paz conmigo mismo, y estar en condiciones de enfrentar mejor el mundo como adulto, ya no como niño.

Sexto y séptimo año pareciera que fueron uno solo, por las pocas vacaciones, el exceso de trabajo y el poco tiempo que tuve para mí mismo. Pasé las pruebas mínimas para poder ser adulto, y como premio conocí el amor verdadero. Uno vino, me hizo crecer y aprender y se fue. El segundo amor llegó para quedarse en medio de colores, olas grandes y sinuosas, música de los ochenta y monos verdes enajenados. Es la graduación de todo lo que aprendí de estos siete años. En otras noticias, la carrera se terminó y acá me tiene, esperando los últimos resultados y planificando mi futuro.

Al menos 5 vidas enteras se me han ido en estos años. Agradezco todo lo que me ha pasado porque todo me ha servido, aunque borraría varios episodios si pudiera. En fin… material para vivir tengo de sobra, y recuerdos más aún. Podría escribir un libro. O sea, otro más (ya tengo uno).

Ya, sigo descansando. Nos vemos para la próxima, en el mismo canal, pero cuando me dé la gana. Escuchen la canción.

La prueba de mi vida

Los momentos de prueba son los que más lo ayudan a uno a crecer, eso lo tengo comprobado. Y no estoy hablando sólo de pruebas vitales; algo tan trivial -pero estresante en su momento- como un examen, tiene el mismo efecto. Parece que la descarga adrenérgica que nos pone en actitud de lucha nos sirve harto para asimilar conocimientos, adaptar nuestro comportamiento, ser más ejecutivos y, en resumen, gestionar mejor nuestra existencia.

La semana pasada tuve ocho largos días de prueba. Días larguísimos donde tuve tiempo para todo: para llorar (sí, no me había olvidado de como llorar), para recordar cada uno de mis actos incorrectos (este es un blog laico, así que no hablaré de ‘pecados’ aunque en mi fuero interno los califique así), para pedir perdón a las personas que me quieren y con quienes no he sido como debo ser (perdóname, por favor), y para pensar en mi vida como un camino que se divide. Dos caminos paralelos al fin y al cabo, con un entorno parecido, pero -también al fin y al cabo- distintos.

La prueba de mi vida -porque no puedo llamarlo de otra forma- se convirtió rápidamente en una mochila pesada, invalidante, que no me dejaba pensar más que en cosas negras. Funcioné por dos o tres días casi peor que un zombi, sólo haciendo lo básico que hace un ser humano para mantenerse vivo, sin posibilidad alguna de razonar más de lo estrictamente necesario. De a poco me fui calmando; mi espalda se acostumbró al peso de la mochila, y el vaso me empezó a parecer medio lleno y no medio vacío.

Reflexioné mucho. Vi en mi pasado muchas cosas que nunca debí hacer; muchas confianzas que nunca debí dar; mucho dolor que nunca debí permitir vivir; mucha gente que nunca tuvo que aparecer en mi vida. Cosas pasadas, es cierto, pero que durante esa semana reaparecieron como fríos fantasmas. Le tenía miedo a todo. Y en mi reflexión entendí que la forma que tuve de crecer (muchos ‘testimonios’ pululan por este blog) fue muy insana. En todos los sentidos. Pero ya no podía -ni puedo- deshacerme de todo eso. Fue insano, pero fue la forma que me tocó.

Deambulando por los pasillos y salas de mi propia vida, me fui perdiendo en mí mismo y, al mismo tiempo, encontrándome. Hubo personas especiales, personas de luz, personas que saben mejor que yo lo que siento, que no me dejaron, que me guiaron, que me limpiaron los ojos de la borra triste de la desesperación y me pusieron de nuevo en la encrucijada, un poco más sereno. Tres personas que se llevan mi amor, mi agradecimiento, y a quienes debo la paz que ahora siento.

La prueba ya se terminó. Las cosas ya se aclararon, y ya sé qué camino me ha tocado seguir. Siempre es mejor tener certezas que incertidumbres, por muy malas que ésas sean. Tengo mi certeza guardada en mi escritorio, y tengo que seguir viviendo en función de ella. Esta prueba de mi vida me ayudó no sólo a aprender las cosas que experimenté durante estos días, sino que me dejó -por fin- graduarme de muchas otras cosas que tenía pendientes. Egresé de mi propia vida. O al menos de muchas cosas.

Solo no habría podido. El último párrafo se lo llevan las tres personas de mi amor: mis dos mejores amigos, mis hermanos elegidos, mis otros yo. Los necesité y ahí estuvieron, firmes para sostenerme, reírse conmigo y darme la seguridad inicial. Intervención en crisis, creo que se llama eso. La tercera persona eres tú. Tú, que siempre viste más allá de mis problemas, mis inseguridades y mis penas, y me regalaste tu hombro, ese hombro que aún no merezco. Tú, que nunca dudaste del camino que finalmente me tocó tomar. Tú, que sólo sabes hacerme ser feliz hasta en los momentos más amargos. Gracias. A ustedes dos. A ti.

Creo que aprobé. Me fumaría un cigarro para celebrar, pero ya no fumo. Guardé la mochila de recuerdo. Y es verdad que guardé la certeza en mi escritorio. La llevaría en mi billetera, si cupiera.