Hay una canción de Presuntos Implicados que me gusta mucho, por su letra y lo que me imagino cuando la escucho. Se llama ‘Siete Pisos’ (escúchenla haciendo clic acá) y me acordé de ella ahora que me bajó el atacazo literario de escribir. Estos días han sido de transición de una vida antigua, llena de matices, a una vida nueva, de la que poco conozco. Y en estas transiciones es difícil no recordar las cosas que pasaron en estos siete años de medicina, que parecen siete vidas, como las de un gato. Salí vivo, al menos.
Primer año fue el año en que más probabilidades tuve de morir. De hecho yo creo que me morí, y volví a nacer. Me asaltaron apenas entrar a la universidad, conocí el amor y la muerte del amor en menos de un mes, lloré como no había llorado hasta entonces, y aún así logre pasar todos los ramos, sobrevivir a tanto dolor, y no me volví tan loco como se podría pensar. Algunos de los buenos amigos que hice perduran hasta hoy. Un gran año, en el amplio sentido de la palabra.
Segundo año fue el año de la locura. Muchas cosas que hice no debí hacerlas, mucha gente que conocí no debí conocerla, y debí estudiar más (casi me echo un ramo). El segundo semestre se calmó un poco la cosa, me fue mejor en lo académico y reforcé mis
amistades con gente buena, linda, que me acompañaba y quería. Mi cordura se seguía manteniendo relativamente intacta.
Tercer año me trajo al hospital, muchos pacientes, y los primeros juegos de esto de ‘ser médico’. Me di cuenta de que mi elección fue la correcta, y amé cada día un poco más esta carrera. El resto de mi vida estuvo relativamente tranquilo, exceptuando un viejo fantasma que volvió para quitarme algo que quería, y repitió viejos actos del pasado de los que esta vez fui espectador, no protagonista. Cuarto año fue un año tranquilo. El más tranquilo de todos los que he contado hasta ahora.
Quinto año fue el año de aprender. Aprendí a estar solo y no mortificarme por ver cómo a los demás le resultaba y a mí no. Aprendí que mis defectos físicos, académicos y psicológicos podían ser soportables, e incluso se les podían sacar ventajas. Aprendí a ver el vaso medio lleno, y no medio vacío. Era el año que necesitaba para reecontrarme, vivir en paz conmigo mismo, y estar en condiciones de enfrentar mejor el mundo como adulto, ya no como niño.
Sexto y séptimo año pareciera que fueron uno solo, por las pocas vacaciones, el exceso de trabajo y el poco tiempo que tuve para mí mismo. Pasé las pruebas mínimas para poder ser adulto, y como premio conocí el amor verdadero. Uno vino, me hizo crecer y aprender y se fue. El segundo amor llegó para quedarse en medio de colores, olas grandes y sinuosas, música de los ochenta y monos verdes enajenados. Es la graduación de todo lo que aprendí de estos siete años. En otras noticias, la carrera se terminó y acá me tiene, esperando los últimos resultados y planificando mi futuro.
Al menos 5 vidas enteras se me han ido en estos años. Agradezco todo lo que me ha pasado porque todo me ha servido, aunque borraría varios episodios si pudiera. En fin… material para vivir tengo de sobra, y recuerdos más aún. Podría escribir un libro. O sea, otro más (ya tengo uno).
Ya, sigo descansando. Nos vemos para la próxima, en el mismo canal, pero cuando me dé la gana. Escuchen la canción.