Los momentos de prueba son los que más lo ayudan a uno a crecer, eso lo tengo comprobado. Y no estoy hablando sólo de pruebas vitales; algo tan trivial -pero estresante en su momento- como un examen, tiene el mismo efecto. Parece que la descarga adrenérgica que nos pone en actitud de lucha nos sirve harto para asimilar conocimientos, adaptar nuestro comportamiento, ser más ejecutivos y, en resumen, gestionar mejor nuestra existencia.
La semana pasada tuve ocho largos días de prueba. Días larguísimos donde tuve tiempo para todo: para llorar (sí, no me había olvidado de como llorar), para recordar cada uno de mis actos incorrectos (este es un blog laico, así que no hablaré de ‘pecados’ aunque en mi fuero interno los califique así), para pedir perdón a las personas que me quieren y con quienes no he sido como debo ser (perdóname, por favor), y para pensar en mi vida como un camino que se divide. Dos caminos paralelos al fin y al cabo, con un entorno parecido, pero -también al fin y al cabo- distintos.
La prueba de mi vida -porque no puedo llamarlo de otra forma- se convirtió rápidamente en una mochila pesada, invalidante, que no me dejaba pensar más que en cosas negras. Funcioné por dos o tres días casi peor que un zombi, sólo haciendo lo básico que
hace un ser humano para mantenerse vivo, sin posibilidad alguna de razonar más de lo estrictamente necesario. De a poco me fui calmando; mi espalda se acostumbró al peso de la mochila, y el vaso me empezó a parecer medio lleno y no medio vacío.
Reflexioné mucho. Vi en mi pasado muchas cosas que nunca debí hacer; muchas confianzas que nunca debí dar; mucho dolor que nunca debí permitir vivir; mucha gente que nunca tuvo que aparecer en mi vida. Cosas pasadas, es cierto, pero que durante esa semana reaparecieron como fríos fantasmas. Le tenía miedo a todo. Y en mi reflexión entendí que la forma que tuve de crecer (muchos ‘testimonios’ pululan por este blog) fue muy insana. En todos los sentidos. Pero ya no podía -ni puedo- deshacerme de todo eso. Fue insano, pero fue la forma que me tocó.
Deambulando por los pasillos y salas de mi propia vida, me fui perdiendo en mí mismo y, al mismo tiempo, encontrándome. Hubo personas especiales, personas de luz, personas que saben mejor que yo lo que siento, que no me dejaron, que me guiaron, que me limpiaron los ojos de la borra triste de la desesperación y me pusieron de nuevo en la encrucijada, un poco más sereno. Tres personas que se llevan mi amor, mi agradecimiento, y a quienes debo la paz que ahora siento.
La prueba ya se terminó. Las cosas ya se aclararon, y ya sé qué camino me ha tocado seguir. Siempre es mejor tener certezas que incertidumbres, por muy malas que ésas sean. Tengo mi certeza guardada en mi escritorio, y tengo que seguir viviendo en función de ella. Esta prueba de mi vida me ayudó no sólo a aprender las cosas que experimenté durante estos días, sino que me dejó -por fin- graduarme de muchas otras cosas que tenía pendientes. Egresé de mi propia vida. O al menos de muchas cosas.
Solo no habría podido. El último párrafo se lo llevan las tres personas de mi amor: mis dos mejores amigos, mis hermanos elegidos, mis otros yo. Los necesité y ahí estuvieron, firmes para sostenerme, reírse conmigo y darme la seguridad inicial. Intervención en crisis, creo que se llama eso. La tercera persona eres tú. Tú, que siempre viste más allá de mis problemas, mis inseguridades y mis penas, y me regalaste tu hombro, ese hombro que aún no merezco. Tú, que nunca dudaste del camino que finalmente me tocó tomar. Tú, que sólo sabes hacerme ser feliz hasta en los momentos más amargos. Gracias. A ustedes dos. A ti.
Creo que aprobé. Me fumaría un cigarro para celebrar, pero ya no fumo. Guardé la mochila de recuerdo. Y es verdad que guardé la certeza en mi escritorio. La llevaría en mi billetera, si cupiera.
No leí nada nada nada excepto que ya no fumas, dejo el cometnario para recordar que después debo leer esto con + detención
Saludos casi médico!