Sallie es tonta como ella sola, y por varios destellos de desacostumbrada inteligencia que a veces tenga, seguirá siendo la reina madre de las tontas le guste o no. Lleva ya varios meses (más de dos) de aplanamiento afectivo en muchos sentidos de su vida, quizá como inocente anestesia ante las muchas estupideces de las que siempre tiene riesgo de cometer. Pero como una tonta del calibre de Sallie tiene tantas oportunidades de demostrar su valía, que era sólo cosa de tiempo que sacara sus mejores galas para mostrar (aunque sea a sí misma) lo lejos que aún puede llegar.
Cuando a Sallie le dicen cosas bonitas, ella -aún- se ciega y se pega como polilla a la luz sólo para darse cabezazos hasta quedar aturdida, tal como aquellos bichos del Señor. Es una de las cosas que ella sabe en su infinita tontez, pero por algo que aún no entiende (no me extraña) no es capaz de dejar atrás. Sallie tiene claro que, en general, la gente que le dice cosas lindas se las dice por decirlas, sin importancia ni trascendencia alguna; con toda esta evidencia debiera serle más que suficiente para cambiar de
actitud, pero por lo visto la luz le gusta mucho, y tiene la cabeza bien dura.
El último ejemplo que se le viene a la mente, mientras mira como Sarah Brightman canta (o mueve la boca bajo el playback, no le queda claro) fue aquel día en que la invitaron a salir. Aquel chico le llamaba la atención un poco, a pesar de que él había sido claro en decirle que no sentía lo mismo; bueno, Sallie es tonta, así que es esperable. La cosa es que tuvo ese detalle, y fuera del ligero asombro, sintió gusto y planificó su día siguiente para cumplir con la cita, que aceptó de buen grado y con una sonrisa. Cuando a Sallie la espera un panorama que le interesa, el día entero le parece más luminoso… y las horas pasan deliciosamente lento.
Llegaba la hora aquel día de sol tibio, y comenzó a planificar los pasos para la tarde que la aguardaba. Tomó su auto y partió al lugar de la cita, pero no había nadie… y eso que era la hora justa; Sallie tiene la buena costumbre de llegar a la hora en que la citan a cualquier parte (detalle que la hace ver menos tonta, por eso se esfuerza en ser puntual). Pasaron cinco minutos, y tomó el teléfono para llamar al ser que ya se estaba demorando más de lo prudente. Sonó un par de veces, y contestó alguien que no era con quien quería hablar; marcó de nuevo y fue lo mismo, así que no le quedó más que pedir disculpas, maldecir al hombre que le dio mal su teléfono, tomar sus cosas, subirse al auto e irse a su casa, furiosa y triste por la nueva embocada en su orgullo y su inteligencia.
Sara Brightman suena de fondo, poniendo melodiosos y fríos paños a su mente tonta, pero no puede dejar de reírse de lo lejos que aún llega; como si fuera una competencia consigo misma hasta lograr el clímax de la tontez. Al final la RAE va a tener que publicar la palabra, y con su foto. Sallie otra vez se ha aturdido de tanto rebotar en una luz que se apagó, y Sarah Brightman le enfría el chichón con su música clásicamente edulcorada. Mientras canta en silencio y recuerda con risueña tibieza más cosas que quizá me contará un día, se pregunta si algún día aprenderá… por ahora, sólo tiene un mal número que borrar en su teléfono. Eso no es muy difícil. Ni para ella.
Se acabó el aplanamiento afectivo. Sallie regresa en gloria y majestad a su trono, a su reino: el de la tontez.

debo reconocer que amo a Sallie! … después de leer esto, por lo menos tiene un reino! el de la tontez. que otra mujer es reina?
vamos Sallie! sigue así tienes un admirador!
y ya quedé ansioso por leer otra de tus tonteras.
Comment por SebaCarmona — Octubre 20, 2009 @ 7:55 pm