Me imagino que un abogado diría que todo el mundo tiene derechos, y su razón de ser es encontrarlos, demostrarlos y defenderlos a toda costa, pero yo no estudié leyes porque me parece que hay personas y situaciones que no merecen defensa, por un asunto de sentido común, y lo más justo no sería defenderlos, sino que culparlos y mancillarlos como corresponde. Y ahora se me ocurría pensar en los derechos de un amante… es un ser humano que siente y padece, con problemas y detalles que podrían motivarlo a exigir cosas como cualquier otro; pero, ¿tiene derecho a pedir cosas? ¿Se le deben otorgar las cosas que pide?
Un amante acepta de inmediato las condiciones del juego en el que se está metiendo, quizá sin medir el alcance de lo que significa ser el alma mater de una relación oscura y paralela, donde no es lo más importante porque no le alcanza, porque aún no debe serlo o porque hay miedo de que lo sea. Las razones para convertirse en amante y mantenerse en esa condición son montones (morbo, amor, excitación, riesgo… o todas juntas), pero me imagino que no todos pueden ver círculo alrededor del que empiezan a girar, cada vez más rápido y con menos posibilidades de salir.
Ser amante es ser un pecador, porque se está interfiriendo con el proceso normal que vive una pareja de ‘vivir en pareja’ (valga la redundancia) y aprender de sus etapas y problemas, quizá finalizándolo todo o fortaleciendo el vínculo. ¿Quién es el amante para venir y levantar a la persona para sumergirla en un mundo de amores furtivos y riesgosos, aportillando el vínculo y precipitando su fin? Nadie tiene ese derecho, y me imagino que a pocos les gustaría que una tercera persona asomara la nariz dentro de la institución llamada relación que ha fundado con esfuerzo y amor.
¿Y que el amante exija más encima tener beneficios superiores sobre la pareja oficial? Ya me parece de una patudez antológica; si el amante sólo debiera cumplir su función calladito, sin posibilidad de réplica… por lo menos hasta que el curso natural de las cosas lo vaya empoderando frente a la oficialidad. Me sigue pareciendo que no tiene derecho a nada, pero también me parece que el amante aparece en escena por algo, y no pocas veces triunfa ante su estado y se convierte en el ser amado, respetado, bien mirado… y oficial, claro.
Es un poco lamentable ser el amante de alguien, porque aparte de tener pocos derechos exigibles por ser un pecador manifiesto, uno se somete al oscurantismo de ‘no pueden vernos’ o ‘no le cuentes a nadie’; cuando uno tiene pareja se siente feliz, y quisiera contarlo a todo el mundo, pero cuando uno es el amante de alguien la poca alegría que puede sentirse hay que mantenerla bien escondida, que no se note para no arruinarlo todo. ¿Justifica el morbo de lo prohibido tantos sacrificios? No me consta.
El gremio de los amantes es el único que no podría organizarse en un sindicato ni hacer movilizaciones, porque serían mancillados a piedrazos. No hay derecho a pedir cosas, y ni siquiera debiera haberlo para mostrar la cara; ser un amante seguirá perteneciendo a las ocupaciones sombrías que prometen pocas cosas, pero que para algunos hacen valer el riesgo. Hay historias donde ha triunfado el amor después de todo, y me imagino que es una motivación, pero no creo que sea una razón tan importante como para ganarse una pieza amoblada en el infierno.
Ya no sé si me quedan ganas de ser un amante, si ni abogado mereceré tener.
