Nunca es tarde para hablar de algunas cosas, y cualquier fecha sirve. Ya ni me acuerdo qué día cae el Día de la Amistad que celebrábamos en el colegio con un inocente intercambio de regalos a ciegas, que a veces terminaba en llanto por las bonitas e impensadas palabras que salían de nuestras bocas, y definitivamente ya no hay tiempo para esas pequeñas fiestas con los amigos de verdad, porque la vida se va empeñando en separarnos poco a poco, como destinos disímiles que se atan sólo con la fuerza de un cariño tan grande como incombustible. Es difícil a veces, pero se puede seguir queriendo.
En la vida he tenido amigos muy buenos, que han ido quedando en el camino por distintas razones, pero de los que siempre conservo un bonito recuerdo. Pero desde hace diez años que caminan junto a mí dos seres humanos que se han convertido en el cariño más grande que siento por alguien, excluyendo a mi familia. Dos amigos que han sabido estar en los momentos de crisis; dos amigos que tienen el extraño poder mágico de aparecer cuando los necesito sin necesidad de llamarlos; dos amigos
que con sólo mirarme saben qué me pasa, y qué me falta o me sobra para estar mejor.
Los conocí a ambos un lejano 1999, cuando llegué a un colegio nuevo con compañeros nuevos y todo nuevo. Pasar a 7mo básico es complicado; mal que mal se tienen 13 años, y los 13 años son una edad complicada. Las hormonas andan muy revolucionadas, y mi característico mal genio andaba a flor de piel en esos días. Pero logré granjearme algunas amistades que hacían la vista gorda de mi carácter tan difícil, y con el tiempo se fueron convirtiendo en sólidos vínculos. Aún converso a grandes amigos del colegio, pero como estos dos pequeños seres no hay ni habrá.
Quiso el destino que, más temprano que tarde y más igual que distinto, los tres siguiéramos el camino de la salud como futuro, y gracias a Dios hemos ido avanzando con dignidad en la complicada senda que escogimos. Es un punto de unión importante entre tantos factores de separación, pero aunque uno fuera actor, la otra periodista y el otro físico, de cualquier manera el mayor de los pegamentos no habría podido deshacerse. Nos queremos tanto, desde hace tanto tiempo, que no hay poder en la tierra que pueda hacernos olvidar. No lo hay.
Es cierto: cada vez nos vemos menos, y cada vez será peor. Duele pensar en esa realidad, más cuando quizá sea yo el que menos tiempo tenga para mantener vivos esos lazos en el corto plazo, pero sé que Dios no podría privarme de los dos amigos a los que más quiero en el mundo. Dicen que los amigos son la familia que uno puede elegir, y no pude escoger mejor. Sé que estarán a mi lado por siempre, aunque la distancia fría no nos deje vernos, y luego de morir seguiremos siendo amigos, en el limbo donde nos toque estar.
Un cariño forjado a punta de lágrimas, secretos, alegrías, confidencias, complicidades y buenos momentos es indestructible; no hay pelea ni problema capaz de mellar en algo el acero brillante y lustroso de la amistad. Sé que es así, confío en que siempre será así, y siento que no puede ser de otra forma. Ustedes dos son una de las mayores razones por las que agradezco a Dios estar vivo y poder sentir por alguien.
Gracias a ustedes, por todo. Y perdónenme por ser tan difícil de tratar… sólo los quiero mucho, y no podré nunca dejar de quererlos.
