Vaso
Publicado por naissant en Julio 10, 2008
‘…sabe que es suficiente; no será permanente’
Novia de nadie - Mikel Erentxun & Christian Meyer
Siempre se ha dicho que cuando ‘se rebalsa el vaso con la última gota’ uno por fin colapsa, se libera, corre, grita o simplemente desaparece para no volver. Es el punto cúlmine de un proceso que busca liberar nuestras mentes de la opresión que significa una pena, un problema. Cuando el agotamiento es máximo, cuando el aburrimiento asfixia todo avance en el crecimiento normal de un ser humano; es en ese momento que la última de las gotas cae sobre el frágil vaso de nuestra existencia y por fin logramos desmadrarnos, rebalsarnos, desbordarnos.
En este momento es cuando siento que mi vaso ya no da más. Otras veces se había llenado casi hasta los bordes; unas pocas veces también ha sabido volcarse para dar vuelta todo el contenido sobre la mesa de cuatro patas que sostiene mi vida, y ha dejado todo mojado como si hubiese llorado ríos de lágrimas saladas. Esas veces que ocurrió aquello la pena no tenía parangón, y el agua cayó sobre el vaso y lo llenó de una, sin anestesia; nadie me preparó para sentir aquella sensación de soledad y negrura. A nadie le deseo ello.
Esta vez es distinto… el vaso se ha llenado poco a poco; alguien con mucha paciencia sostiene ese gotario sobre la tersa superficie del agua y va dejando caer una gota lentamente, una tras otra. El sonido que hace cada una al caer al agua me tortura, me enloquece, me desquicia hasta el extremo de hacer que me esconda lejos, en los brazos de gente que no me entiende pero atenúa por un rato ese ruido; gente que no hace más que acentuar ese gotear que desgarra mis tímpanos y me hace correr sacándome los pocos pelos que tengo en la cabeza, desesperado.
Más menos tres mese van ya desde que la mano tomó el gran gotario y se dispuso a quitarme la razón en base a martilleos suaves pero implacables, disfrazados en forma de ese ruido agradable que a todo el mundo le gusta menos a mí. Claro, qué van a entender todos… si están muy felices con sus vidas llenas de amor y éxito; no serían capaces de dejar el azúcar de su existencia para venir a preguntar por qué sigo moviéndome inquieto dentro del mundo en que ellos avanzan con la lentitud que te puedes permitir cuando sabes que haces las cosas bien.
Miento… sí lo hacen; soy tan imbécil que no puedo disimular mi cara y mis ojeras frente a los demás, así que se acercan… preguntan… y se van… claro, es muy fácil. Quizá hasta yo lo haría. Pero ninguno de ellos puede imaginar el retumbe constante de mi mente frente al ruido insoportable de la gota que cae; ninguno puede dimensionar la desesperación de estar seguro que un día esa gota dejará de caer, pero no por bonanza sino que… porque el vaso de mi vivir no dará más, y se volcará tan fuerte que caerá de la mesa y se hará añicos, terminando de perforar mis tímpanos y perforando también una existencia que ya me tiene cansado.
Nadie se dará cuenta de que mi vaso se colmó con la última gota, y menos aún sentirá el ruido del vidrio quebrado en el suelo. Alguien vendrá y lo barrerá sin mirar, e iré a parar a algún basurero de bolsa aséptica que me conducirá al basural donde un día me fundiré con el resto de la naturaleza que nosotros mismos eliminamos. Quizá encuentre la tranquilidad que busco entre el clamor de las gaviotas carroñeras. Lo necesito ahora, que sé que mi vaso no da más. Sólo pido que miren el suelo mojado con el agua de mi vaso… esa agua derramada será el testimonio salado de mi fin.
Y tú, ¿miraste cómo está tu vaso?
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os a la limpieza-cambio que mi habitación necesitaba.






